Rafael León Hernández. 16 junio

No es casual la descripción de la corrupción como una enfermedad social. Estamos ya tan familiarizados con el concepto de pandemia que podemos usar sus características para profundizar en ambos fenómenos —corrupción y enfermedad— de forma análoga.

Lo primero por aclarar es que pretender controlar la corrupción en un período de gobierno es tan realista como detener una pandemia en su primer mes.

Los anticuerpos contra la corrupción no se obtienen por medio de vacunas, sino de fuentes menos convencionales.

Lo que, en lugar de desalentarnos, nos obliga a tomar medidas coordinadas e inaplazables, sin esperar efectos inmediatos. Lo segundo es reconocer que esas medias son de dos tipos: las urgentes y las importantes.

Lo urgente es la contención. Así como con la covid-19, necesitamos detectar, controlar, aislar y cortar la propagación de la corrupción.

Sin los controles necesarios para detectar y responder de forma rápida y oportuna, la corrupción es incontrolable, sobre todo porque abundan los asintomáticos, quienes no parecen corruptos, pero lo son, y andan de aquí para allá convencidos de que nada va a pasarles y, con su ejemplo, contaminan a otras personas que repetirán el patrón: algunas caerán traicionadas por su propia confianza y otras seguirán extendiendo el contagio.

Control de plagas. De poco sirve detectar si no se atacan las consecuencias. Para que toda acción correctiva tenga eficacia, precisan tres condiciones esenciales: una alta probabilidad de detección, consecuencias proporcionales y aplicación inmediata.

Imagine qué pasaría si le diagnostican la covid-19 y le dicen que puede salir a la calle y seguir su vida como si nada pasara. Los demás pensarían que no importa enfermar, y esto se convierte en un simple juego.

De igual forma, si en la lucha contra la corrupción los procesos son interminables y las consecuencias nulas o risibles, la población aprende que poco le perjudicará corromperse. Lo que es peor, a diferencia de las enfermedades, la corrupción sí deja beneficios para quien cae en ella.

Como en otros asuntos, lo urgente no debe distraernos de lo importante, es decir, de la inmunización, que es la única forma de controlar el mal a largo plazo.

Los anticuerpos contra la corrupción no se obtienen por medio de vacunas, sino de fuentes menos convencionales.

Según diversos especialistas, el mayor desarrollo moral de una persona le permite resistir mejor las influencias externas que conducen a la corrupción. Dicho de otro modo: es el equivalente a tener las defensas altas para cuando aparece una enfermedad.

Conciencia anticorrupción. Lo que llamamos anticorrupción contempla las medidas urgentes e inmediatas que nos sirven para contener, controlar y reducir los efectos de la enfermedad ya existente. Esta es la parte correctiva.

Pero promover el desarrollo moral es la fase preventiva, lo cual impide la corrupción de las personas, lo que siempre será preferible. Ahora bien, ¿cómo subimos las defensas contra la corrupción?

La respuesta es simple de dar, pero compleja en su cumplimiento porque se requiere la mejora del pensamiento lógico y abstracto, la empatía y la capacidad de resolución de problemas vitales. Lo anterior se traduce en procesos educativos, no académicos, sino humanos y de convivencia social.

En síntesis, aprender a vivir pensando, no solo en el propio bienestar, sino en el de la sociedad.

Entre las estrategias que han mostrado mejorar el desarrollo moral de las personas, se encuentran: la construcción de relaciones interpersonales estables (familiares, sociales y laborales); la participación en actividades artísticas que instruyen en orden, proporción y armonía (pintura, danza, teatro, etcétera); la lectura de novelas y cuentos, así como la apreciación de cine, que constituyen secuencias narrativas y nos “enseñan por cabeza ajena”; las actividades físicas colaborativas (no competitivas) que nos forman para convivir con reglas comunes; la discusión y resolución de problemas éticos que nos enseñan a pensar; la participación en actividades y grupos de apoyo comunitario que nos ubican como miembros de una colectividad; y la disposición de tiempo para plantearse y reestructurar un proyecto vital que guíe nuestras acciones.

Si se presta atención a lo indicado hasta acá, se concluirá que la inmunización contra la corrupción depende de tener una vida lo más íntegra posible, donde no existan ejes monotemáticos de interés como el lucro, los bienes y el éxito.

Como señalé, fácil de decir, más difícil de lograr, pues, como sucede con las medidas preventivas contra la covid-19, significa un enorme cambio de prioridades y costumbres para un grupo numeroso de personas.

Pero así como la pandemia causada por el coronavirus obliga a replantear nuestra forma de vida, debemos aprovechar la coyuntura para forzarnos a hacer una revisión de la forma como hemos asumido la otra pandemia: la de la corrupción.

Así como no deseamos que las hospitalizaciones y la muerte se conviertan en parte de nuestra nueva normalidad, vale la pena esforzarse por desalojar de nuestra normalidad actual la facilidad con la que aceptamos la corrupción como un hecho inevitable del día a día.

De poco sirve al país invertir en atender a los pacientes de covid-19 si no hacemos nuestra parte para no contagiarnos; de nada sirven las más o menos eficaces medidas contra la corrupción, si no hacemos un esfuerzo para subir nuestras defensas para contrarrestarla.

El autor es psicólogo.