Carolina García. 12 agosto

¿Cuándo los niños dejaron de jugar en la calle con los vecinos? ¿Desde cuándo pasan más tiempo dentro de la casa, en la escuela y en clases extra que jugando fuera sin adultos, aprendiendo de la vida?

Podemos responder desde nuestras añoranzas, sin duda muy emocionales y traen infinidad de recuerdos, pero el interés ahora es confrontarlos desde la responsabilidad ciudadana para entender qué se están perdiendo los niños de esta generación al no tener estas experiencias cotidianas.

Relaciones de interdependencia y respeto. Cuando los ciudadanos de todas las edades ocupan los espacios públicos —calles, parques y plazas—, los niños se sienten seguros y, por tanto, departen con otros. Al interactuar con otras culturas y experiencias de vida distintas, los niños aprenden a tener tolerancia y respeto.

Jugar es primordialmente un verbo que lleva implícito la libertad, la imaginación, el placer y el reto. Las mejores experiencias de juego se producen con viejos amigos, nuevos amigos, vecinos y hasta desconocidos en el barrio.

El juego es una forma de comunicarse, de entenderse y de conocerse. El pedagogo e ilustrador italiano Francesco Tonucci afirma que los niños, a través del juego, se enfrentan a la complejidad del mundo. Al reducir o eliminar el tiempo libre y en la calle, ellos pierden oportunidad de construir sus propias imágenes del mundo, de ser ciudadanos protagonistas, de llevar aprendizajes de valor para compartir en la escuela.

El juego, como derecho de los niños, se ve afectado y pierde su razón de ser cuando se le quita tiempo, espacio y a otros con quienes jugar.

Si los escucháramos sobre lo que quieren de una ciudad, entenderíamos que no piden parques infantiles o lugares infantilizados. Para ellos, la ciudad completa puede ser una zona de juego.

Los niños piden árboles para escalar; agua y tierra para experimentar; pendientes para subir y deslizarse; aceras grandes para caminar y brincar; escaleras y rampas para jugar. La idea de que piden parques infantiles es de los adultos porque es lo simple, estereotipado y se queda bien con otros adultos. Pero los niños piden la ciudad. Piden estar fuera y departir con sus pares.

Autonomía. Pasar tiempo en la calle, como antes, les ofrece una oportunidad invaluable de autonomía, autoconfianza, manejo del tiempo libre y del riesgo. Cuantos más niños haya en la calle, más seguros se vuelven los espacios públicos, más se animan otros a salir.

Idealmente, que caminen acompañados de otros niños al parque o a la escuela, les ayuda a ubicarse, responsabilizarse y estar atentos. Viven experiencias propias que luego comparten con los demás, aprenden a relacionarse con otros y a entender y crear reglas sociales.

Estos ejes son posibles únicamente si se trabajan de manera interconectada. Tonucci plantea tomar como medida, en el diseño de las ciudades, a los niños, en lugar de a los adultos trabajadores o a aquellos que se mueven en un vehículo. La invitación es voltear la mirada hacia los niños, ciudadanos del presente y del futuro, y así beneficiar a los demás.

Como sociedad, nos hemos acostumbrado a ver a los niños como el futuro, y eso nos ciega para verlos plenos y partícipes en el presente. Termino con una frase de Tonucci: cuando la ciudad sea más apta para los niños; será más apta para todos.

La autora es educadora, directora de Bellelli Educación.