Álvaro Darío Moya Araya. 3 septiembre

Con admiración, y hasta con cierto dolor por el profundo y certero retrato de la sociedad costarricense (y más allá de sus confines), leí el domingo el artículo titulado “Democracia moribunda”, del escritor y pianista Jacques Sagot.

Me parece escuchar en su voz las de otros compatriotas quienes en silencio “gritan” por el rumbo sin dirección al cual nos enfrentamos como nación y humanidad. Es un callejón sin salida, la “abominación de la desolación”, el paraje más abyecto, el futuro más incierto, la desilusión más extendida, y, sin embargo, junto con ello pareciera alzarse alguna esperanza.

Quisiera unir esta voz a la de tantos costarricenses, quienes con deseos nobles de “enfangarse” para drenar el pantano, como afirma Sagot, no quieren vivir narcotizados en un “pura vida”, en un eslogan falso, pero sí elevar con sus vidas un vuelo al crepúsculo para abrir esperanza.

Todavía recuerdo mis clases de Filosofía de la Historia, y al leer este artículo no pude menos que desempolvar algunos apuntes y hacer un poco de reminiscencia a semejanza de la enseñanza platónica, en el Menón, una incitación necesaria para traer a las “mientes”, como dice el Quijote, los años anteriores entendiendo el presente y vislumbrar una luz tenue a semejanza de faro, exiguo, pero presente.

¡Considerable paradoja: entendí lo que aprendí solo en el decurso de la historia! Con razón, un jueves de octubre del 2014 me dejó atónito una afirmación hegeliana: “El búho de Minerva emprende vuelo en el crepúsculo”.

“No olviden, muchachos”, decía mi profesora, “la filosofía es vespertina”. Fue tan importante para mí que hasta la hora anoté: eran las 11:47 de la mañana. ¡Nunca lo olvidaré!

Filosofía de Vico. Al leer a Sagot, pude remitirme a la visión de uno de los grandes de la filosofía de la historia: Giambattista Vico. Un sinnúmero de decepciones en el poder judicial, carencia de líderes, entrabamiento del poder ejecutivo, debilitamiento de las democracias, orfandad de las instituciones, cinismo, escepticismo, nihilismo, creciente fenómeno de la criminalización del político haciendo que los “ciudadanos honorables y capaces se abstengan de enfangarse en el pantano”, entre otro listado de putrefacciones que enumera Sagot, son el resultado de una sociedad enferma y en decadencia.

Algo parecido afirmaba Vico. Además de decir que el hombre hace ciencia de lo abstracto, también hay una nueva ciencia: la historia, en la cual hay libertad para todo, menos para desbordarse, y en la cual existe un “desorden” pero como principio de un nuevo orden.

En estas transiciones, Vico habla de corsi e ricorsi. Pareciera una necesaria destrucción y reconstrucción de sí misma a lo largo de la existencia del ser humano para poder hablar propiamente de historia.

Como dice Ferrater Mora: “La filosofía de Vico es la filosofía de la historia de los pueblos que se niegan a morir”, siendo así como Vico introduce la visión de las tres etapas estudiando numerosas civilizaciones y sus comportamientos a lo largo del tiempo.

El inicio de la agonía. De las tres edades, según Vico, llama la atención que la última, la humana, en medio de la alegría de vivirla, una certeza la obnubila: desde que se inicia comienza su agonía. Cuando irrumpe la edad de los hombres, superada la edad de los dioses y la heroica, la corrupción moral, la lucha de clases, las guerras, la tiranía, la lucha por vivir el solo instinto, la dominación, la invasión, la violencia, la barahúnda y el caos se abren paso vertiginosamente, y es necesario un cambio.

Este es un momento de gran soledad, de gran confusión, de crisis, de disolución. Así, Vico llega a la conclusión de que la historia es en el fondo un continuo renacimiento, una agonía, una lucha.

Al final de su artículo, Sagot hace una afirmación sapiencial: “El pantano no se puede drenar sin sumergirse en él”, y más adelante concluye: “Quien rehúye la crisis tendrá que enfrentarla dos veces”.

Este cuerpo agónico que lucha por mantenerse vivo, sin hacer un juicio de valor precipitado, puede vislumbrar la esperanza de que “mientras hay agonía, hay vida, y mientras hay vida, hay esperanza” (Ferrater Mora).

Una constante transición por este caos-cosmos pareciera erguirse también como una posibilidad sin precedentes para hacer surgir, en otro orden, ya superado lo anterior, una nueva disposición de las cosas, una forma distinta de entenderse, aceptarse y relacionarse.

Aunque haya agonía, habrá siempre esperanza. Quisiera unir esta voz a la de tantos costarricenses, quienes con deseos nobles de “enfangarse” para drenar el pantano, como afirma Sagot, no quieren vivir narcotizados en un “pura vida”, en un eslogan falso, pero sí elevar con sus vidas un vuelo al crepúsculo para abrir esperanza en la agonía de la vida.

El autor es estudiante universitario.