Francisco Barrientos B.. 15 octubre

Leo los artículos del asesor de matemáticas del MEP Alejandro López y el más reciente, “Evolución de la educación matemática” (7-10-2019), merece unas observaciones.

Dice López que “la situación de aprendizaje no debe depender de la habilidad particular del docente”, pues el trabajo, que él llama “colaborativo”, es apoyado y materializado por un ente que posee hoy casi el estatus de divinidad: el teléfono inteligente.

Ya lo decía Fernando Savater: quien enseña jugando, termina jugando a enseñar.

El profesor debe ser visto como acompañante. De ahí que algunos estudiantes se sientan casi “iluminados” por el simple hecho de manipular un teléfono o tableta. ¡Como si esos aparatos los convirtieran, por arte de magia, en la versión mejorada de Marie Curie o Clodomiro Picado! Lo cierto es que, como siempre, la realidad supera esa ficción: ese alumno y ese profesor son (casi) arquetipos platónicos.

Propuesta inapropiada. Propone López que en las clases el profesor plantee un problema, el cual será discutido en subgrupos por los alumnos para generar una solución, que bien puede ser parcial o total.

No considero epistemológicamente apropiado que un niño o adolescente sea “evaluado” por la metodología de “estudiante de estudios de posgrado”, exigiéndole experiencias de aprendizaje que requieren de ciertos contenidos y habilidades todavía no adquiridos.

Creo, más bien, que en primaria o secundaria lo importante debería ser aprender a escribir y hablar correctamente, conocer los pormenores de la historia, aprender un segundo idioma y estudiar los elementos del precálculo porque sabemos que todas estas cosas son, ¡o deberían ser!, esenciales para una futura aventura intelectual universitaria. Y, para todo ello, el alumno necesita invertir tiempo. ¡La matemática entra por las manos!

Partir de la modestia. Hoy, algunos nos vienen a hablar del método socrático aplicado a la resolución de problemas, pero olvidan que Platón relata que el sabio griego se ufanaba de que solo sabía que no sabía nada.

Lo anterior quiere decir que el punto de partida de toda investigación “seria” debería ser la modestia, la duda simple, el no dejarnos engañar por nuestros propios prejuicios personales o sociales.

Me parece ridícula la idea, tan difundida desde la cátedra universitaria hasta las instancias del MEP, de que el docente debe ser “un simple testigo y acompañante” del trabajo y progreso de los estudiantes; que la tecnología es el mayor potenciador cognitivo infantil.

¡Se equivocan quienes creen que se puede aprender solo jugando! ¡Que todo debe conducir al diseño de un app o videojuego! Ya lo decía Fernando Savater: quien enseña jugando, termina jugando a enseñar.

Impresionados. He podido constatar también que algunos profesionales quieren llevar a la práctica lo aprendido en un cursito en el que estudiaron a cierto fulanito, sin el debido análisis crítico de su propuesta. Pareciera que basta con que fulano labore en Dinamarca o Singapur para que nosotros, por antonomasia, tengamos que tomar sus ideas “porque sí, porque fueron garantía de éxito allá”.

Miro los programas de estudio de Matemáticas del MEP y veo ciertas incongruencias técnicas elementales: confundir la función lineal con la ecuación cartesiana de recta como lugar geométrico; hablar de la parábola y de la función cuadrática como si fueran dos conceptos sinónimos o de la normalización de un punto muestral sin mencionar que se parte del supuesto de que los datos están distribuidos normalmente (distribución gaussiana).

Pienso: si estos y otros gravísimos errores emanan de quienes organizan y planean la educación matemática nacional, ¿por qué debería yo creer en su propuesta metodológica y didáctica?

El autor es profesor de Matemáticas.