Carolina Gölcher Umaña. 17 febrero

Mucho se escribe sobre los hombres que responden con violencia frente a lo femenino, pero poco acerca de los hombres y mujeres que se ensañan con la infancia. Se debe reconocer que hay circunstancias en las cuales la genitalidad no tiene curso ni discurso. Hay hechos que impactan, y el maltrato infantil es una bofetada.

Los monstruos no están en el armario ni debajo de la cama, sino en los adultos que no saben qué hacer frente a sus propios descontentos ni tampoco ante los niños que los confrontan, que los obligan a renunciar a aquello que se niegan a perder: su propia infancia.

La sociedad padece el desencuentro entre las necesidades de la niñez y la capacidad afectiva de los adultos para responder adecuadamente. Puede resultar muy tentador elaborar una serie de hipótesis sobre lo anterior, pero lo cierto es que se trata de una realidad que no es posible silenciar y, mientras se teoriza, se instituye una sociedad del horror para la infancia.

El carácter ominoso de los abusos y el maltrato infantil irrumpe de forma intempestiva. ¿Por qué ser niño se convirtió en un problema? ¿Por qué los niños crecen en una sociedad que los deja sin sostén? No hay nada que debatir ni negociar al respecto, los adultos están en la obligación de ayudarles a construir su propia subjetividad, ofrecerles espacios que los contengan y garantizarles la reivindicación del derecho a crecer sin ser canibalizados por los mayores.

Monstruos fuera del armario. Mediante los medios de comunicación, se constata que para muchos infantes los monstruos no están en el armario ni debajo de la cama, sino en los adultos que no saben qué hacer frente a sus propios descontentos ni tampoco ante los niños que los confrontan, que los obligan a renunciar a aquello que se niegan a perder: su propia infancia. Solamente a través de esa pérdida y de ese duelo, un adulto se obliga a sí mismo a crecer y renuncia con ello a culpar a los otros por sus propios actos.

La desolación no debe ser la marca de los tiempos de la infancia. No debe olvidarse que la niñez es un acontecimiento sagrado. Ni somos Esparta ni estamos en guerra; no sacrificamos a nuestros menores en honor a Artemisa ni legitimamos la educación de los infantes en la violencia.

Asombra cómo suele olvidarse la condición de dependencia, que convierte a los niños en la mayor responsabilidad de una nación.

Es inconcebible que una de las tareas vitales de la infancia sea sobrevivir a los adultos. No puede hacérseles eso ni existe el derecho. Los niños están para crecer, jugar, interrogarse, ser acompañados y no aplastados, aprender a amar y no a temer.

Habrá que hacer malabares para repararles el camino que les han desdibujado. Se lo debemos.

La autora es psicóloga y psicoanalista.