Norman Lizano Ortiz. 3 agosto

Me tocó vivir el fin de la Guerra Fría en plena adolescencia, y desde entonces creo que tal vez ese sea el hecho más relevante de la historia universal que suceda durante mi paso terrenal por este planeta. La caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, marcó esa era.

En el 2014 vivía en Europa y el 9 de noviembre fue sábado, por lo que decidí visitar la capital alemana y participar en el 25.° aniversario del acontecimiento.

Fue un día mágico, marcado por la nostalgia. A lo largo del día hubo actividades en los puntos más emblemáticos y cerca de las 7 de la noche —la misma hora en que Günter Schabowski anunció sin saberlo el principio del fin de la partición de las Alemanias— miles de globos iluminados fueron liberados en lo que una vez fue el muro de la vergüenza.

Seguidamente, quienes estábamos en la Puerta de Brandemburgo pudimos emocionarnos al oír la interpretación de la Novena sinfonía de Beethoven y la interpretación de Heroes, de Peter Gabriel, en compañía de algunas de las más célebres figuras de aquella época, como Mijail Gorbachov y Lech Walesa.

Esa noche me ericé y pude comprender la trascendencia de los acontecimientos que yo seguía con atención en los noticiarios y en las páginas de la “Sección A” de La Nación.

El año pasado fui invitado a un seminario en París y las fechas coincidían con el 30.° aniversario de la caída del Muro. Tomé unos días de vacaciones para asistir al seminario, pero también para revivir la efeméride. Sin embargo, para mi desdicha, las celebraciones pasaron sin pena ni gloria.

Cuando regresé a Brasil, donde vivo, le comenté esto al embajador alemán, quien me hizo caer en cuenta que quienes vivieron esa época han ido muriendo o han envejecido y las nuevas generaciones, quienes ahora gobiernan, poco recuerdan del mundo bipolar en que a nosotros nos tocó crecer.

Se cumplen 75 años del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Nuestra generación ha podido conocer la historia a través de los sobrevivientes, los llamados hibakushas.

El promedio de vida de los hibakushas es 82 años. Eso significa que este sea tal vez el último gran aniversario cuando podremos ser testigos de sus desgarradores testimonios, pero, sobre todo, de su clamor infinito para que lo que ellos vivieron no se repita jamás.

La voz de los hibakushas es de enorme importancia en la lucha contra las armas nucleares. Quienes participamos en las negociaciones para la adopción del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares recordamos con especial cariño las palabras de Setsuko Thurlow durante la conferencia y luego en el discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz en el 2017.

La comunidad internacional no debe permitir que el discurso de los hibakushas se apague conforme su luz se vaya extinguiendo y el olvido nos haga perder consciencia de la amenaza de la existencia de las armas nucleares.

Existen 13.000 ojivas nucleares capaces de acabar con la humanidad varias veces. Los poseedores invierten millones de dólares al año en mantenimiento y desarrollo. Algunos incluso han anunciado sus intenciones de realizar nuevamente ensayos, lo cual solamente Corea del Norte ha hecho en este siglo.

Costa Rica ha estado a la vanguardia en la promoción del desarme humanitario, y así como la pandemia del nuevo coronavirus nos ha demostrado que somos parte de la aldea global, también en este campo debemos unir nuestras voces para salvaguardar la dignidad humana.

El autor es abogado.