Loahn Lindo Dell. 22 junio

El brutal asesinato del estadounidense George Floyd generó una cadena de acontecimientos cuya trascendencia y alcance geográficos superan todo pronóstico imaginable.

El que un policía blanco —con la complicidad de tres compañeros— asfixiara a un ciudadano negro, colocándole la rodilla en el cuello, en lugar de arrestarlo, ha causado repudio en ámbitos tan diversos como inesperados.

Años de discriminación y racismo no desaparecen repentinamente, ni con leyes ni con políticas públicas porque sus efectos quedan en la conciencia colectiva y se desbordan en actitudes y conductas.

El asesinato se ha convertido en el catalizador de una evaluación en Estados Unidos de los terribles efectos que tuvo, y sigue teniendo, en todos los habitantes su pecado original: la esclavitud negra.

Esa perversa práctica, iniciada hace cuatrocientos un años, cuando una parte de los estadounidenses blancos compraban y vendían seres humanos, ciudadanos africanos, cual ganado o mercadería, tuvo diferentes consecuencias.

La economía estadounidense creció en proporciones gigantescas a costa de la inmoral esclavitud de seres humanos que eran separados de sus familias, que sufrían abusos sexuales por parte de sus amos, que eran muertos si escapaban y cuyos bebés eran vendidos y llevados a otras tierras como sucede con los terneros.

Algunos, incluso, fueron asesinados cuando los amos se enteraron de que estaban aprendiendo a leer.

A su llegada a Estados Unidos, los negros fueron despojados de sus nombres, de su historia, de sus raíces, pero sobre todo de su humanidad.

Despertar a alto costo. La sociedad estadounidense ha cosechado los frutos de tales atrocidades, pues, aunque en 1865 terminó legalmente la esclavitud, sus efectos no.

Estos se enquistaron en su ADN por la discriminación, el Ku Klux Klan, la era de Jim Crow, la segregación racial y los homicidios de Malcolm X, Martin Luther King Jr., Medgar Evers y otros líderes pro derechos humanos.

La muerte de George Floyd generó un despertar introspectivo que está haciendo que Estados Unidos reconsidere sus microrracismos (actitudes o conductas racistas tan sutiles e imperceptibles que pasan inadvertidas, pero se dan continuamente).

El resultado de esta reflexión llevó al anuncio del retiro del logo de Aunt Jemima, la mezcla para pancakes y los siropes, puesto que este proviene de una mujer negra, quien, originalmente, vestía el estereotipado pañuelo en la cabeza.

Nascar prohibió la bandera racista de la Confederación en sus actividades; la NFL reconoció su deber de haber atendido la protesta silenciosa iniciada en el 2016 por Colin Kaepernick, el quarterback de los 49ers de San Francisco, quien se arrodillaba durante el canto del himno nacional para protestar por la violencia policial contra la comunidad negra; y el canal HBO Max retiró Lo que el viento se llevó de su lista de películas porque reconoce su origen racista.

Esto revela que la sociedad estadounidense está viendo hacia dentro y, finalmente, descubriendo lo que la comunidad negra lleva décadas denunciando: el racismo tanto evidente como sutil sigue presente en la cotidianidad.

Años de discriminación y racismo no desaparecen repentinamente, ni con leyes ni con políticas públicas porque sus efectos quedan en la conciencia colectiva y se desbordan en actitudes y conductas.

Costa Rica también. Costa Rica no escapa a una realidad análoga, y los ejemplos sobran. Hace unos días, un canal de televisión ofreció disculpas porque, durante un programa matutino, en una escena utilizó un estereotipo racista relacionado con la higiene, lo cual, incluso, llevó al médico que participó en el programa a aclarar posteriormente que él no tuvo relación con el video.

La comunidad negra ha insistido en que la lectura de Cocorí en las escuelas causa un matonismo sufrido solo por los niños negros. Aun así, muchas personas insisten en ignorar sus efectos racistas.

Los microrracismos afectan a todos, de ahí la importancia de descubrirlos y desterrarlos. Prueba de ello es que, en una transmisión televisiva, un adulto mayor se refirió a las exdiputadas Maureen Clarke y Epsy Campbell como Cocorís, con un dejo ofensivo. Jonathan McDonald y otros jugadores negros han sufrido insultos racistas.

Costa Rica también debe hacer una introspección, pues aquí persisten actitudes racistas. La autoevaluación debe hacerse a conciencia y evitar errores, como afirmar que la elección del Lic. Cruickshank “paga una deuda con los afrodescendientes”. Esa elección no paga nada. Es tiempo de un autoexamen comprensivo.

El autor es abogado.