Helena María Fonseca Ospina. 5 junio

La confianza es la base sobre la cual se ama, vive y trabaja. Su poder radica en que solo sobre ella se puede construir. Es un punto de apoyo para que se den la comunicación y la convivencia humana, necesarias para el desarrollo social.

Una sociedad desconfiada no se desarrolla de forma correcta. El país tiende a paralizarse cuando no se cree en nadie. El tejido social se debilita cuando se respira un pesimismo crónico.

Estamos arando sobre una base social que necesitamos sea firme, en la cual construir. Se necesitan, también, instituciones sostenibles y alineadas, como lo son la familia, la escuela, la universidad, la Iglesia, la empresa. Necesitamos líderes y fuerzas políticas articuladas.

En el panorama de visiones contradictorias, surge una fuerte actitud individualista de reserva interna y externa; un anonimato plácido de indiferencia, el cual tiene el efecto de sumergirnos en la comodidad y el desinterés por no querer participar en la resolución de los retos nacionales.

La indiferencia no comprende; exige y juzga, pero no corrige. Es abono para la falta de solidaridad y la desconfianza social. Cultivo para una cultura de la queja, de la inseguridad y de la sospecha.

Sus frutos: insensibilidad ante las nociones de pertenencia, valores comunes y destinos compartidos. Esta realidad es letal para nuestra democracia, necesitada de una convergencia y la participación social verdadera.

Menos cómodo y más noble será pensar qué podemos hacer cada uno para contribuir al bien común, para generar nuevas actitudes, opuestas a esta cultura, basadas en la confianza, el sentido de responsabilidad, el diálogo constructivo, el espíritu de cooperación y la capacidad de iniciativa.

Por el mal funcionamiento político se culpa solo a los líderes, no a los electores, quienes somos corresponsables.

El principal derecho de un pueblo no es a elegir, sino a que se le gobierne bien. El gobierno es también casa y cosa de todos. Debemos hacer de nuestra familia, escuela, universidad, Iglesia y empresa centros de calidad y de excelencia humanas.

Sin la confianza, se distorsiona toda relación auténtica. Es el clima necesario para la sociabilidad humana. Para la convivencia sana. Terreno para la construcción del futuro que requiere de acción. Lo incierto y confuso engendra atomización social, inseguridad cultural, disolución del nexo social. La neutralidad, por otro lado, nos lleva al escepticismo moral.

Frente al bajón moral que nos contamina, debemos devolver la confianza ante muchas personas que luchan por mantener una familia unida, una vida sana y una convivencia tranquila.

La confianza seguirá moviendo el sentido de vivir, las voluntades, la sociedad, la economía para construir un proyecto nacional cuyo fin sea procurar el bien para todos. Un paso hacia la excelencia, un paso hacia la grandeza porque solo se funciona con base en confianza.

Debemos aceptar nuestra responsabilidad cívica personal, saber que nuestras decisiones tienen implicaciones sociales. Necesitamos la participación social, que debe pasar de ser un derecho a ser un deber cívico. Somos protagonistas de un itinerante reto: ¡Tener confianza y generar confianza!

La autora es administradora de empresas.