Javier Fernández Obando. 6 enero

El 31 de diciembre del 2020 no iba a reunirme con familiares y amigos. Atendiendo los lineamientos del Ministerio de Salud, no participaría en brindis ni miraría petardos ni intercambiaría abrazos al llegar la medianoche.

Pensé que la arena, el sol y el mar no se irían a ningún lado y estarían ahí para disfrutarlos en un futuro próximo y más prometedor.

No me equivoqué. Ahí siguen. En su lugar, fui rápidamente a la casa de mi madre antes de la restricción vehicular para recuperar uno de los libros más inspiradores que he leído en mis 44 años recién cumplidos: Años decisivos, escrito por Karl Winnacker en 1972 para celebrar su retiro después de trabajar cuatro décadas en la empresa alemana Hoechst.

El autor relata cómo la compañía sobrevivió al período de entreguerras y cómo se sobrepuso luego de la Segunda Guerra Mundial.

En Hoechst dio sus primeros pasos mi padre, en el momento en que se escribía el libro. Allí, inició lo que fue una exitosa carrera en la industria agroquímica latinoamericana. Su carrera sigue hasta hoy, en investigación e innovación, pero en lo propio. Un titánico emprendedor durante 50 años.

El 1.° de enero regresé a las páginas de los Años decisivos. Como lo esperaba, la obra no me defraudó. Sabía que sus pasajes resultarían tan emocionantes como la primera vez.

En muchos momentos del 2020 pensé en Winnacker. A temprana edad quedó huérfano de padre. Trabajó varios años en minas de carbón para ahorrar y pagar sus estudios universitarios de Química.

Cuando ahorró la suma necesaria para costear sus estudios, la hiperinflación alemana los volvió insuficientes para comprar un bollo de pan y una barra de mantequilla.

Pasó hambre y frío por falta de carbón. En ocasiones no pudo ir a la escuela porque esta era utilizada como almacén de nabos, único alimento para su país en aquellos días.

En julio de 1945 fue despedido de su puesto gerencial por un soldado estadounidense. De haber tenido mayor jerarquía, habría sido procesado en Núremberg. Terminada la guerra, consiguió trabajo como jardinero. Aun así, se levantó, perseveró y construyó una empresa multinacional en menos de 20 años, la cual dirigió hasta su retiro.

Situación común. El 31 de diciembre leí en muchos muros de las redes sociales sobre aprendizajes personales del 2020. No cabe duda de que vivimos un reajuste de nuestra realidad. Todos enfrentamos situaciones, debimos manejar el estrés y ser resilientes.

Difícilmente alguien se escapó de repensar su realidad, sueños y proyectos. Sin embargo, al pasar la página del calendario, me pregunto si en el 2020 vivimos una calamidad como la que enfrentó Winnacker entre 1920 y 1945: de soñar con un título universitario a poder comprar solo un bollo de pan en unos cuantos meses.

Cuando tuvo cierta estabilidad en su vida, pasó de un puesto gerencial a jardinero, pero contento, porque al menos estaba vivo.

Winnacker puede explicarse en alguna medida mediante la paradoja de Stockdale, la cual me compartió un buen amigo y me ayudó a sobrellevar el 2020.

Esperanza. El almirante estadounidense James Stockdale fue capturado en Vietnam. Su relato de supervivencia lo hizo famoso Jim Collins en su célebre libro para el mundo de los negocios titulado De bueno a grande.

Stockdale afirma que no es el más optimista el que sale adelante. Quienes se imponían fechas como Navidad, Pascua, Acción de Gracias o acontecimientos como derroteros esperanzadores para salir de su captura iban sucumbiendo al ver que su liberación no se daba.

El que salió adelante fue el realista. Stockdale señala que no hay que perder la esperanza en que las cosas estarán bien. Sin embargo, la determinación es la que vence la adversidad.

Si nos enfocamos en calendarios, llegar al 2021 significa una meta relevante. Reinventados, remozados y ojalá mejorados. Sin embargo, que la captura de Stockdale no haya sido en vano.

Esperanza sí, pero con realismo y determinación. Que la adversidad se convierta en oportunidad para mejores cosas.

El autor es politólogo y abogado.