Giancarlo Casasola Chaves. 9 julio

Frente a las manifestaciones fundadas en mentiras, las protestas sin derrotero, los bloqueos por la fuerza, los cierres de centros educativos sin objetivo claro y los llamados de algunos políticos irresponsables para que los estudiantes no asistan a clases, ningún demócrata debe recurrir al silencio.

Sumirse en el desinterés o detenerse mientras frente a nuestros ojos el país es agitado por figuras esporádicas, oportunistas y desveladas, resultaría, cuando menos, poco patriota. Las invocaciones empleadas para azuzar y hallar seguidores utilizando el método del desorden son el barro que promete luchas de poder que en Costa Rica no han tenido lugar, ni por más encarnizadas que pretendan ser.

No podemos encadenarnos dentro de una celda alimentada por los prejuicios, la desinformación y la histeria.

La paz social debe estar primero. Los valores que como costarricenses nos han hecho grandes tienen su corazón en una convivencia respetuosa y democrática, que en nada convergen con las fuerzas que pretenden generar disturbios, violencia y vandalismo colectivo tan destructivo en lo emocional como en lo físico.

No extrañan los mensajes de audio que circulan, un día sí y otro también, en los celulares o las imágenes con falsos mensajes que incendian una hoguera ya de por sí prendida. Recurrir a simbolismos, religión o heridas que todavía no sanan, es la estrategia de algunos de esos provocadores, con el agravante de que en sus manifiestos se arrogan traducir “la lucha del pueblo”. Con esa soberbia creen estar levantando la voz soberana.

Uso de la razón. Nuestro país merece la defensa de las mujeres y de los varones más valientes, pero esos no son definitivamente quienes recurren a la fuerza, sino quienes acuden a la razón. La desesperanza y el descontento populares no deben confundirse con el anarquismo y la agresión.

En esta nación, fundada sobre cimientos democráticos, toda manifestación es libre, permitida y necesaria cuando se cometan injusticias, pero jamás ese acto puro de libertad puede verse empañado por acciones hostiles y dañinas que invadan nuestra tranquilidad. El deber de protegernos no solo es de las autoridades, sino de nosotros mismos.

El sistema político se ha deteriorado frente a los problemas que no se resuelven. Pero no podemos encadenarnos dentro de una celda alimentada por los prejuicios, la desinformación y la histeria.

La responsabilidad ciudadana es primero que la del gobierno, pero también es cierto que el liderazgo demanda valentía. Los débiles de carácter son incapaces de enderezar el navío en aguas turbulentas cuando los piratas de las vías de hecho intentan desestabilizarlo.

Costa Rica ha querido ser invadida por algunos sectores que, con frecuencia, pretenden desvanecer justas luchas para dar paso a fantasmas fragmentadores de la sociedad.

Luchas iguales. Continuar infligiendo humillación a poblaciones social e históricamente vulneradas, como la LGTBIQ, y pretender dilapidar su causa porque existen otras también justas ante la desesperanza, es tan innoble como distractor. Quien desee arrogarse la defensa de la clase trabajadora, de los desempleados, de los campesinos o de los bolsillos de la gente, puede hacerlo, pero no debe caer en el egoísmo de distraer con su lucha la de los demás, o pretender que una es más prioritaria que la otra. Todas nobles, todas justas y, por consiguiente, todas con un valor social. Caer en la hipocresía de justificar la agresión a uno u otro sector para revindicar otro es seguir carcomiéndonos como sociedad.

Nuestro país es tan diverso como libre, tan de muchos como de pocos y tan vulnerable como nuestra propia capacidad de protegerlo. En la Costa Rica libre, democrática y pacífica, cabemos todos.

El autor es politólogo.