José Brechner. 19 mayo

El domingo 21 de febrero del 2016 la dictadura socialista boliviana convocó un referendo nacional para consultar al pueblo si estaba de acuerdo con que el actual gobernante, Evo Morales, se postulara como candidato por cuarta vez en las elecciones generales del 2019. Según Evo, solo es por tercera vez, porque la primera no valió, ya que no gobernó por cinco años.

La respuesta fue contundente. El 51,3 % de la población dijo no, pese al fraude y la compra de votos.

La Constitución Política Boliviana, elaborada por el mismo gobierno que busca la reelección, no permite más de dos términos de cinco años a un mismo candidato. Sin embargo, el autócrata gobernante hace 13 años se acomodó en el palacio presidencial y no quiere salir de él.

El ignorante, pero vivo (mejor dicho, se cree vivo y piensa que los demás somos idiotas), presidente campesino, alega que “negarle postularse va contra sus derechos humanos”.

La imbecilidad, que es el común denominador de Nicolás Maduro y Evo Morales, en realidad es la tarjeta de presentación de la extrema izquierda en todas partes, incluidos los Estados Unidos. Ni qué decir de Europa, donde inventaron el socialismo y también el nazismo.

Los cerebros. Los socialistas, particularmente el venezolano y boliviano, no andan solos. Tienen de apoyo a algunos más listos que ellos (cualquiera) que les indican cómo desenvolverse. En Venezuela es Diosdado Cabello; en Bolivia, Carlos Mesa.

Cabello es parte del régimen. Mesa es el aparente opositor, que cuenta actualmente con una mayoría relativa de votos a favor que supera el 30 %.

Carlos Mesa se hizo popular en Bolivia durante los primeros años de vida democrática moderna como locutor televisivo, cuando emitía opiniones en general moderadas, lo cual le ayudó a consolidar la incipiente democracia en el país con más golpes de Estado del mundo.

El hombre parecía prudente y Gonzalo Sánchez de Lozada, último presidente democrático, lo eligió como su acompañante para la vicepresidencia. Mesa le hizo un minigolpe de Estado que puso fin con la democracia y elevó a Evo Morales a la presidencia.

Aunque la ciudadanía ya dijo que no quiere que Evo Morales vuelva a postularse, al déspota le importa un comino el deseo popular y convocó las elecciones para el 20 de octubre del 2019.

Los únicos candidatos opositores conocidos que le siguen el juego y legitiman su fechoría son: Carlos Mesa y Jaime Paz Zamora, exvicepresidente de Hernán Siles Zuazo (de izquierdas) y, posteriormente, presidente en connivencia con Hugo Banzer (de derechas). También Víctor Hugo Cárdenas, exvicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada en su primer gobierno. Otro que saltó de la izquierda indigenista a la derecha oligarca.

Obligados a votar. El Senado de Estados Unidos y la Organización de Estados Americanos (OEA) han calificado estas elecciones bolivianas de ilegítimas; no obstante, los arribistas y el régimen totalitarista continúan dándole manija.

El pueblo, pese a haber votado por la no reelección de Evo, se va a presentar a las elecciones porque, como hicieron en el pasado, si no votan, los gobernantes les quitan sus derechos civiles.

En el momento de ir a votar (el voto es “obligatorio”, una incongruencia democrática), el elector recibe un carné que lo acredita. Ese documento es posteriormente solicitado para hacer trámites públicos, bancarios, comerciales, para salir de viaje o lo que deseen las autoridades.

Como la ciudadanía tiene miedo de quedarse sin cobrar su salario o verse limitada en sus derechos, tiene que ir a votar… ¡Sí o sí! A menos que se arme una podrida monumental antes de las elecciones. Y, según la tradición boliviana, que es más dinámica que la venezolana, será mucho más revoltosa y eficaz que la caribeña.

[©FIRMAS PRESS]

El autor analista político.