Álvaro Campos Solís. 4 julio

El optimista no tiene límites. Existe para ver el mejor lado de la vida. Por esa razón, quienes ven el vaso medio lleno esperan que la crisis económica, responsable del cierre masivo de fuentes de empleo y la eventual desaparición de instituciones fallidas se convierta en la oportunidad para que el país emprenda el camino hacia el bienestar y el desarrollo.

Son también quienes observan preocupados el empobrecimiento del país, evidente todos los días en el despido de empleados en la industria, el comercio, servicios y aun en instituciones que, hasta hace poco, eran financieramente autosuficientes. Situación que tendrá un impacto social a corto plazo.

La crisis económica se ha convertido en una amenaza para todos los sectores, con excepción de los pensionados de lujo y los empleados públicos.

El presidente Kennedy decía que los chinos utilizan dos palabras para escribir “crisis”. Una significa peligro y la otra, oportunidad.

En las actuales circunstancias, lo ideal sería que los estudiantes de todos los niveles recibieran una preparación intensa para encarar con éxito los cambios tecnológicos. O, en su defecto, serán candidatos a jornaleros, si acaso, pues nadie garantiza que la actividad agrícola conserve los métodos tradicionales. Sin embargo, colmar esa aspiración parece muy lejano cada vez que hay una nueva huelga.

Esperanza en la crisis. Mientras tanto, uno quisiera que la crisis genere un profundo reacomodo en la estructura política, económica y social, de manera que se abran espacios con oportunidades para empresarios y trabajadores. Un ajuste como ese implicaría el cierre de instituciones fallidas y de otras creadas para saldar compromisos electorales.

Un pacto social requiere una concienzuda revisión de las tarifas cobradas por los profesionales liberales, quienes deberán percatarse de que el mercado está saturado y solamente sobrevivirán cobrando tarifas razonables y exhibiendo capacidad y prestigio profesional.

El ajuste de las fuerzas productivas depende de dotar al gobierno de los instrumentos necesarios para imponer en el sector público eficiencia y transparencia. Conviene revisar la normativa del Servicio Civil para destituir de forma expedita a todo funcionario incompetente o enemigo de la honradez. En una situación de crisis toda organización social está obligada a tomar medidas extraordinarias.

Sería ideal eliminar la autonomía financiera que disfrutan numerosas instituciones estatales, convertidas en islas de poder en las cuales la crisis no figura en su diccionario particular. Cuando una sociedad come de la misma olla (el presupuesto de todos), cada quien debería aportar según sus posibilidades y así evitar que la comida se enfríe. Además, servirse con la cuchara grande es de muy mal gusto.

Por su parte, industriales y comerciantes tendrían que analizar sus márgenes de utilidad, de lo contrario, seguirán despidiendo personal y terminarían poniendo candados en sus negocios. La época de bonanza ya pasó. El ajuste significa trabajar más y ganar un poquito menos. También, precisa revisar el peso y la cantidad contenida en los envases. En nuestro país, el consumidor tiene la cultura del kilo, mientras que algunos empresarios prefieren la fracción de esa unidad. Cuestiones de mercadeo, supongo.

Realista. El optimismo no constituye una vacuna que inmuniza al individuo. Por eso, la crisis podría convertirse en una liposucción para reducir el abdomen a gobernantes y gobernados. Si no hay producción, tampoco habrá fuentes de empleo y, sin ellas, el Estado no tendrá a quién cobrarle impuestos. En un Estado fallido, no hay recursos para pagar la planilla del aparato burocrático ni para construir puentes, carreteras, escuelas y hospitales. Este está poblado por analfabetos, enfermos e indigentes. De allí surgen, precisamente, las caravanas de migrantes.

En medio de tanta congoja, se espera que de repente surja la reactivación económica, ya sea por el efecto de la inversión extranjera, la aparición de un político estadista o que la clase política ofrezca una propuesta viable para impulsar nuevas fuentes de empleo. Sin embargo, en el horizonte político no se atisba nada promisorio, aunque algunos empiezan a limpiar su viejo traje de mesías con soluciones a corto plazo. El optimista que también es realista espera que el pueblo promueva un cambio profundo en la estructura económica y social. Ojalá alguien se tome en serio el futuro de nuestro país.

El autor es periodista.