Jorge A. Elizondo Pérez. 17 septiembre

Corresponde dirigir una opinión pública sobre nuestra percepción, con desdén o sin él, del diseño y proceso de construcción del nuevo edificio de la Asamblea Legislativa al diseñador, y no al director del Congreso, pues, si acaso, ha asistido a algún curso elemental de arquitectura o urbanismo.

El tiempo que ha trascurrido para que nuestro país tenga una edificación adecuada para albergar al Congreso ha sido un vivo ejemplo de “patear la bola hacia adelante”, pero no es de recibo que Antonio Ayales Esna sostenga que la Asamblea Legislativa es el lugar donde nace la democracia costarricense.

Por lo general, los síntomas solo sobrevienen en el lugar de trabajo, mejoran horas después de abandonarlo y pueden desaparecer en las vacaciones. Estas manifestaciones se agrupan genéricamente bajo el nombre de síndrome del edificio enfermo.

La democracia nace en cada uno de los corazones costarricenses. La certeza al respecto originó la famosa frase del expresidente de Uruguay Julio María Sanguinetti: “Donde haya un costarricense, esté donde esté, hay libertad”. A lo que agrego: y democracia, ya que una sin la otra no son posibles.

Debimos tener mucho celo de escoger lo más representativo para que el edificio del Parlamento fuera único. No está bien descalificar a quienes recordamos, con cierto grado de arrogancia, que no debe confundirse con un centro comercial, ¡claro que no!, pero mucho menos con un ultra moderno edificio penitenciario de máxima seguridad, precisamente porque sus requerimientos son específicos.

Consideraciones técnicas. La ventilación natural es gratuita; se utiliza en climas cálidos como el nuestro para controlar el calor en los espacios interiores. Se logra mediante aberturas en los muros externos opuestos, que contribuyen a la formación de corrientes de aire cruzadas. Para conseguir una ventilación óptima, los muros abiertos deberán estar orientados hacia la zona de los vientos dominantes del entorno, en San José provienen del noreste.

La ventilación debe ser controlada para que la pérdida de calor armonice con la sensación de confort, renueve el aire oxigenado interior y elimine el dióxido de carbono. Nada de esto se presenta en ese edificio: se cierra completamente al exterior con concreto y se sella el interior de vidrio hacia el mexicanísimo patio de luz interior, el cual, por sí solo, jamás dará bienestar ni ayudará a regular la sensación térmica.

El plenario Legislativo es el espacio más importante de todo Parlamento. En este caso, está ubicado cuatro pisos por debajo del nivel de la calle; las comisiones, la barra de prensa y algunas oficinas administrativas también se encuentran bajo el nivel de la calle. De ahí que, para acceder al vestíbulo principal de ingreso al edificio, los diputados tendrán que subir cuatro pisos o usar los ascensores.

No logro imaginar la clase de estampida humana que se generará cuando, en un país de alta sismicidad como Costa Rica, los sorprenda un temblor de unos cuatro o cinco grados en la escala de Richter sin poder usar los modernos ascensores. Había recomendado que un psicólogo les diera contención diaria a los funcionarios; esta vez les sugiero un entrenador personal para que no se les dificulte subir los cuatro pisos.

Diseño versus bienestar. Laura Mundemurra Benedetti, técnica en Seguridad y Salud en el Trabajo, ha dicho que un espacio moderno, provisto de aire acondicionado y calefacción debería ser un sitio saludable para trabajar. Pero algunos de estos edificios, premiados por sus modernas instalaciones, son compactos, herméticamente cerrados, dotados de mobiliario propio del siglo XXI, pero propensos a causar estrés por la sensación de estar en una jaula de oro, aunada a las tensiones propias del trabajo. Con frecuencia, se manifiestan innumerables quejas y síntomas como consecuencia de los llamados edificios inteligentes o muy tecnificados.

Los efectos más habituales son relativamente suaves, como sensación de cansancio o letargo, dolores de cabeza, sequedad de ojos, presión en el pecho, ojos llorosos, nariz taponada, garganta seca, sequedad cutánea, náuseas y mareos. Si no se atienden, pueden derivar en enfermedades infecciosas, por hipersensibilidad o de origen químico o físico. Por lo general, los síntomas solo sobrevienen en el lugar de trabajo, mejoran horas después de abandonarlo y pueden desaparecer en las vacaciones. Estas manifestaciones se agrupan genéricamente bajo el nombre de síndrome del edificio enfermo.

Ojalá que la Bandera Azul Ecológica, dada inexplicablemente y sin tener un minuto de inaugurado el edificio, no sea cambiada después por el diagnóstico del síndrome del edificio enfermo.

El autor es arquitecto.