Paolo Araya Muñoz. 23 octubre

La pandemia del virus SARS-CoV-2 mostró la crisis que vivíamos desde hace años en distintas áreas: salud, turismo, economía y educación.

Seis meses después las consecuencias están a la vista de todos: locales y hoteles desocupados, negocios y tiendas cerrados, niños y jóvenes perdieron un año lectivo, emprendimientos cancelados y un desempleo por las nubes.

Pese a esta calamidad, un gran número de costarricenses, economistas y especialistas en manejo de finanzas —personas muy experimentadas, preparadas y, principalmente, altruistas—, yo los llamaría patriotas, salieron a la luz pública para ayudar, proponiendo nuevas ideas, nuevos estímulos y nuevas formas de hacer economía para resolver la crisis, no solo la del gobierno del Partido Acción Ciudadana, sino también la del costarricense común, necesitado, hoy más que nunca, de un empujón para salir adelante.

Pero el gobierno no ha querido escuchar a estos patriotas. No muestra interés en ninguna de las propuestas que ha recibido. ¿Por qué?

Para entenderlo en términos simbólicos, un presidente, un rey, un líder es aquella persona que reúne en sí misma los más altos valores de todos los ciudadanos, y entre todos es la más capaz, inteligente, valiente, altruista, sabia y abnegada.

Por eso se le elige para dirigir el Estado. Simultáneamente, el Estado, símbolo de un padre, define las leyes y vela por salvaguardar la integridad del ciudadano común, sus hijos.

En palabras sencillas, el Estado es el padre que cuida de sus hijos, y el líder, que representa al ciudadano común, llega para sacrificarse por los demás. Si el ciudadano común —el de los valores— pudiera llegar al poder, no dudaría en sacrificar su vida por los demás.

Lamentablemente, la realidad es otra. El esfuerzo del gobierno, a todas luces insuficiente, refleja que no tiene humildad para aceptar la crisis ni tampoco está dispuesto a sacrificarse. Por el contrario, el único vencedor que se levanta cada vez con más fuerza es el peor de los antivalores: el orgullo.

En momentos en que Costa Rica navega a la deriva, resolvamos nuestro mayor problema, la pérdida de los valores.

No perdamos la esperanza. Somos un pequeño país. Hay mucha gente con buenas intenciones. Busquemos la forma de acercarnos en una nueva mesa de negociación. Pongamos a un lado las diferencias y, primordialmente, practiquemos la humildad y el sacrificio, valores que solo los ciudadanos valientes ponen sobre la mesa.

El autor es administrador.