Darner A. Mora. Hace 4 días

Antes de tratar el fondo de este artículo, permítanme contar una anécdota. En 1975, cuando cursaba la precarrera de Microbiología, después de participar en un partido de fútbol en mi barrio josefino de crianza, Cristo Rey, llegué a mi casa a eso de las 5 p. m.

“Muchacho, no se preocupe, del cien por ciento de los microbios, el noventa y nueve por ciento son beneficiosos, y solo el uno por ciento son dañinos o patógenos para los seres humanos”.

Mi madre (q.d.D.g.) veía el programa dominical Iberoamérica habla. Durante una entrevista, le preguntaron a un especialista en salud pública cuál era su pronóstico sobre el control humano de las enfermedades infecciosas en el 2000.

El especialista contestó que, para esa época futura, los científicos controlarían los microorganismos patógenos y el problema serían las enfermedades crónicas.

Al oír esa respuesta, me cuestioné por qué razón estaba estudiando la carrera de Microbiología y Química Clínica en la Universidad de Costa Rica; un año más tarde, ingresé a la facultad con la misma interrogante en mi cabeza.

Después de entrar en confianza con mi profesor de Microbiología General, el Dr. Bernald Fernández, le expuse mi inquietud.

Con sabiduría, me contestó: “Muchacho, no se preocupe, del cien por ciento de los microbios, el noventa y nueve por ciento son beneficiosos, y solo el uno por ciento son dañinos o patógenos para los seres humanos, pero, no lo dude, en el año 2000 y en los próximos siglos, siempre tendremos epidemias causadas por los microbios malos”.

Gracias a esa respuesta positiva, además de la vocación generada por mi profesora de colegio la Licda. Emilce Zumbado, continué con éxito esta emocionante profesión.

Por esas cosas del destino, he laborado durante más de 40 años en el Laboratorio Nacional de Aguas de Acueductos y Alcantarillados, en donde, en lugar de extraer sangre de los seres humanos, me he enfocado en laborar con la verdadera “sangre del planeta”: el agua.

En la década de los noventa, a los funcionarios del laboratorio nos tocó combatir la amenaza de la epidemia del cólera, originada en Chimbote, Perú.

Conseguimos detectar y aislar el patógeno Vibrio cholerae, el cual se propagó por toda Latinoamérica, donde afectó a 1.839.037 personas y causó 19.538 muertes (1991-2011).

Casi 30 años después, el mundo sufre la pandemia del virus SARS-CoV-2, originado en Wuhan, China; ayer, se registraban 5.076.846 contagiados y 331.137 muertes en todo el mundo.

Esta enorme crisis de salud pública, económica y humanitaria ha puesto a prueba los diferentes sistemas sanitarios de los cerca de 185 países afectados, hincando a algunos de los más soberbios gobernantes de las grandes naciones. En este contexto, aprovecho para resaltar el buen trabajo llevado a cabo por nuestras autoridades de salud.

El poder de los microbios va más allá de lo que pensamos; sin duda, las palabras del Dr. Fernández estaban llenas de razón. Por este motivo, y basado en mi experiencia laboral, puedo indicar con satisfacción que mi transitar en la microbiología y la salud pública ha sido muy emocionante y exitoso, camino que me gustaría repetir en mi próxima vida.

El autor es salubrista público.