Carolina Gölcher y Francisco Barrientos. 3 junio

Friedrich Nietzsche menospreciaba a los historiadores, pero tenía una actitud acuciosa con respecto a la historia.

Para él, las ocupaciones realizadas “sentados” no eran dignas del hombre vital. “Necesitamos la historia para la vida y para la acción, no para apartarnos de la vida y de la acción”, decía. En esto se cumple el viejo refrán: “El movimiento se demuestra andando”.

La única condición que nos humaniza es la palabra. Estamos infestados de ellas. Los primeros lazos que nos sujetan al mundo, a la familia, al amor son tejidos por las palabras.

En la convulsa dinámica histórica, encontramos grandes acontecimientos que se han fijado en nuestra memoria colectiva y han cambiado la historia universal, como la olvidada puerta abierta de Kerkaporta, lo cual condujo al saqueo de Bizancio que, en conjunto con los de Roma, Alejandría y Teotihuacán, conforma los cuatro grandes atracos culturales de la humanidad, con sus respectivas brutales e invaluables pérdidas de sapiencia humana.

Mas no todas son malas noticias. Encontramos también ardores de ingenio, como el increíble calendario maya, el cual aturdió la soberbia del conquistador europeo.

Hay otros tantos marcados por la injusticia histórica, como la ausencia de mérito sufrida por el capitán Rouget de Lisle, creador accidentado de La marsellesa, quien, tardíamente, recibió honores a casi 100 años de su solitaria muerte, cuando sus restos finalmente descansaron bajo la cúpula de Los Inválidos.

Forma de lectura. Un acontecimiento histórico mayor, y al cual no suele concederse la importancia merecida ocurre en los primeros siglos de la Edad Media: la evolución del modo de lectura oral, propia de la Antigüedad, a la silenciosa, que nos acompaña en el presente.

Para san Isidoro de Sevilla, uno de los principales responsables de la transmisión de las culturas clásica antigua y medieval hasta nuestros días, la lectura es esencial para el desarrollo del ingenio y la inteligencia humana. Así, el libro es una forma de transmigración pitagórica de los sabios y pensadores de la antigüedad.

El patrimonio de leer es un acto y, como tal, opera hacia una transformación silenciosa, la apuesta de la literatura por sostener la vida no se ve, pero un día esas heridas individuales y sociales sanan a través de las páginas habitadas.

La literatura es un deleite para el pensamiento; es un placer que se eleva desde las páginas y permite la articulación de dos naturalezas: somática y anímica.

El texto se erige entonces como un lugar de refugio. De ahí que el acto de leer, ese uno-a-uno del lector, desvele la magia y la alegría de aprender.

La palabra. Es a través de la literatura como descubrimos los enigmas del ser humano, organizamos en cierta medida algunos vacíos y anudamos algo de nuestra historia.

La única condición que nos humaniza es la palabra. Estamos infestados de ellas. Los primeros lazos que nos sujetan al mundo, a la familia, al amor son tejidos por las palabras. Con ellas se da forma a la experiencia humana y nos adentramos en busca del encuentro con los otros.

Presente, pasado y futuro se entrecruzan en la literatura, y eso permite al lector seguir viviendo a través de las palabras; articular un nuevo orden, uno singular, acotando algo del desconcierto del (des)orden público.

Entonces, como es esperable, Emil Cioran tenía razón, un libro también puede ser un peligro, el peligro de ser menos ignorantes.

Los autores son psicóloga y profesor de Matemáticas, respectivamente.