Rolando Araya Monge. 8 octubre

La más mínima perspicacia política habría pronosticado la inviabilidad de nuevos impuestos en las circunstancias actuales: miles de desempleados, pérdidas y quiebras empresariales, caída abrupta del producto nacional.

Nadie estaba en condiciones de aceptar más cargas tributarias. Y si comparamos la economía nacional con una vaca famélica y enferma, lo urgente sería alimentar la vaca, no ordeñarla más.

Tras el rechazo prácticamente unánime de las distintas fracciones parlamentarias, surgió algo insólito. De manera incomprensible, en lugar de abrirse a nuevas opciones, el gobierno siguió adelante, como si nada hubiera pasado.

Semanas atrás, algunos advertimos un sunami político y social después del anuncio de una estrategia económica semejante.

Helo aquí. El país convulsionado, la economía ha sufrido nuevamente, la nación se desgarra. La indignación popular era tan perceptible que cualquiera podía encender la mecha. Quien no viera el peligro de procesos violentos con liderazgos populistas debería estar en otra cosa y no en política.

Y esto es justamente lo ausente. Lo que se necesitaba era humildad y diálogo, pero lo que vimos fue arrogancia y terquedad, surgidas producto de dogmas ideológicos inútiles en estado de emergencia.

Lamentablemente, desde hace años, se ha producido un sometimiento de la política a la economía.

Ingobernabilidad. Esta situación tiene como subproducto un repudio popular de tal fuerza que acabó debilitando a la democracia misma. La anarquía y la ingobernabilidad son el efecto inmediato del demérito de las instituciones democráticas.

La visión holística recomienda entrelazar los factores económicos, políticos, sociales y ambientales, pero aquí se ha establecido una supremacía de la economía por encima de todo lo demás.

El descrédito de lo político es muy visible en el quehacer nacional, y eso conduce a caóticos escenarios, donde la falta de orden acaba comprometiendo la propia libertad.

El despótico rechazo del presidente del Banco Central había dejado sin posibilidad el uso inteligente de una parte de las reservas monetarias. Y la incomprensible obcecación del gobierno ante la pléyade de propuestas que surgieron desde diversas colinas políticas anunciaba un jaque mate al intento. Como ha ocurrido.

La nación entera está opuesta a más impuestos y una parte no aprueba la venta de activos valiosos del Estado. Por lo menos en los términos que impondrían las circunstancias de bancarrota que ambientan la situación.

Pero es necesario conseguir recursos para aliviar la emergencia fiscal y reactivar la economía nacional. Hay buenas posibilidades de reducir gastos innecesarios sin necesidad de despidos de empleados públicos.

Riquezas minerales. Una ofensiva para acabar con la evasión fiscal daría resultados a corto plazo. Pero no alcanza. Es necesario conseguir más. Y esta claro: el país tiene la posibilidad de ubicar en el ajedrez económico la existencia de inmensas riquezas minerales.

Es cierto que un proyecto general como la titularización de una parte de esas riquezas toma tiempo, y estamos en una emergencia.

Para acometerla, un grupo de costarricenses presentaremos a los diputados un proyecto de ley sencillo para echar mano de las reservas existentes en Crucitas. Con esto sería más que suficiente para hacer innecesarios los impuestos y más endeudamiento.

El yacimiento cuenta con reservas probadas inscritas en la bolsa en Estados Unidos por un millón de onzas de oro, y hay otro millón que se quedaron en proceso de inscripción. Son reservas probadas. ¡Probadas!, reitero.

Si se agregan reservas potenciales podrían alcanzar una cifra de $5.000 millones, al precio actual del oro. Reduciendo el costo de extracción, obtendríamos una suma cercana a los $3.500 millones. Exactamente el doble de la suma que se solicita al FMI.

Emisión del BCCR. La ley prevé que, dada la certeza de la existencia de esas riquezas, el Banco Central compraría en el futuro ese oro al gobierno mediante una emisión (totalmente respaldada) de una cantidad equivalente en colones.

Esos recursos serían presupuestados dando prioridad a la atención de la emergencia fiscal y a la reactivación de la economía con programas sociales y créditos blandos a las empresas. Esa es una solución inmediata que cuenta con un incontrovertible respaldo profesional.

Estoy hablando solamente del acometimiento del reto momentáneo para atender la emergencia. El resto de nuestras riquezas minerales alcanzan para un plan a mediano plazo, lo cual, siguiendo las exitosas experiencias de Noruega en minas e hidrocarburos, generaría una transformación económica, social y ambiental de proporciones tan grandes como para convertirnos en un país de altos ingresos, sin pobreza y con menos desigualdad social.

Esta es la gran oportunidad para salir de la trampa histórica de pesimismo donde cayó el país hace años.

El autor es ingeniero.