Mayer Tropper. 14 octubre

Los eternos y recurrentes detractores de Israel no lo vieron venir. Asistí en tiempos pre-covid-19 a un “conversatorio” sobre Oriente Próximo en el auditorio Abelardo Bonilla, donde el director de la cátedra Ibn Khaldun, Jorge Barrientos, expuso toda la propaganda panfletaria, cargada de la historia retorcida que se propagó durante la fracasada segunda intifada.

Los estudiantes tomaban apuntes afanosamente para presentar un reporte de los temas discutidos, cuyo objetivo era claramente denigrar al Estado de Israel con los argumentos de las décadas de la Guerra Fría.

Se mencionó a los refugiados árabes que abandonaron Israel durante la guerra de independencia, pero no se habló de la desaparición del barrio judío de Jerusalén y del millón de refugiados judíos expulsados de los países árabes como desquite por el fracaso de aniquilar al naciente Estado hebreo en los primeros momentos de su existencia, algunos incluso eran descendientes de comunidades asentadas antes del nacimiento de Mahoma.

Los exponentes, anclados en el siglo pasado, no se habían percatado de los cambios que se generaban en el Oriente Próximo. La Primavera Árabe desnudó las profundas desavenencias del mundo árabe, otrora minimizadas con el objetivo de luchar contra Israel, que desencadenaron sangrientos conflictos irresolutos durante años.

(Video) 'Los jóvenes palestinos piensan más en un Estado judío-árabe'

Argumento desgastado. Algunos de los países afectados por la violencia de la “primavera” usaron la vieja táctica de responsabilizar al sionismo, pero nadie de los involucrados creyó semejante disparate y el esfuerzo por destruir a Israel perdió relevancia y dejó de ser un factor de cohesión en los países de la región.

Había problemas que resolver, que ameritaban postergar, y aun soslayar ese antiguo objetivo, contrario al proceso inverso que se dio en el pasado.

A principios del siglo XXI, apareció una corriente que preconizaba reconocer a Israel si este volvía a las fronteras de 1967. Era la antítesis de la Asamblea de la Liga Árabe de 1967 en Jartum, con sus famosos no a la paz, no a la negociación y no al reconocimiento de Israel.

En paralelo a la nueva corriente, tenía lugar entre Israel y algunos países árabes contactos e intercambios de información y tecnología inimaginables apenas unos años antes del cambio de milenio.

Con el petróleo debilitado como arma política, el desarrollo tecnológico israelí se transformó en un activo estratégico para los países del Golfo.

Estos factores, catalizados por el cabildeo de los emisarios de Donald Trump, cristalizaron en el acuerdo de Israel y dos países árabes, basado en una nueva ecuación: paz por paz y progreso.

A la aviación comercial israelí se le abrieron los cielos de la península arábiga, recortando significativamente las distancias de las rutas al Lejano Oriente y promoviendo desde ahora un intercambio comercial billonario con las monarquías del Golfo.

Golpe triple. Reconociendo a Israel, golpearon la campaña de los ayatolás por destruirlo, accedieron al desarrollo tecnológico hebreo y establecieron un núcleo de desarrollo e intercambio comercial.

La Liga Árabe ya no expulsa a quienes firman la paz con Israel, como hizo con Egipto en 1979. Más aún, algunos de sus miembros congratulan a quienes lo hacen.

La región se ha acercado a una paz que por más de 70 años parecía imposible, lo cual vuelve intrascendentes los esfuerzos de la organización antiisraelí BDS, que parecen muy reducidos si se comparan con el intercambio que ya se inició entre los Estados firmantes.

Se comenta que otros países de la región están por establecer relaciones con Jerusalén, lo que cambiaría la dinámica del Oriente Próximo.

Tal vez el liderazgo palestino se percate de que su intransigencia y rechazo a todos los planes de paz no solo compromete la creación de su propio Estado, sino que el problema adquirió una relevancia de tercer nivel, pues ya no es un requisito para que árabes e israelíes busquen la paz.

El autor es profesor en la Universidad de Costa Rica.