Sergio Ugalde G.. 19 agosto

El mercado tecnológico será la economía dominante en el mundo en el 2030. En cinco años, la inteligencia artificial (IA) igualará el nivel de los humanos y en el 2040 adquiriría “conciencia”. La cuarta revolución industrial cambia la organización societaria, valores, estilos de vida e incluso a la humanidad, lo cual trae mejoras en la calidad de vida y también riesgos. Será extraordinario que una imagen sea suficiente para establecer el tipo de cáncer que padece una persona y ágilmente un robot, mediante IA, lo remueva, salvando nuestra vida o la de seres queridos.

El transporte autónomo podría acabar con el 95 % de las muertes ocurridas hoy en accidentes de tránsito, reducir la huella de carbono y hacer maravillas en infinidad de áreas como la producción, las finanzas, el comercio, la educación y el medioambiente.

Costa Rica tiene ventajas por su visión sobre cambio climático y deberíamos ser líderes en I+D y en inversión tecnológica en esa área. Quizá nuestro aporte más significativo sea en el uso ético de la tecnología.

Sin embargo, el control de la tecnología y los efectos nocivos son reales. Diariamente, se revela el uso de nuestra información con objetivos comerciales o con el propósito de ejercer control sobre nuestras decisiones y acciones.

Explanación. La IA es un concepto amplio y existe desacuerdo sobre su significado y alcance. Su característica es la capacidad de interactuar de forma inteligente e independiente, como lo haría un humano, pero más precisa y veloz. No obstante, carece de un elemento fundamental: la explanación.

Al ser mucho más que fórmulas matemáticas, es difícil, sino imposible, explicar los procesos que hacen posible a la IA resolver problemas, como recientemente demostró un experimento usando el DeepMind de Google.

Los algoritmos más avanzados son complejos, pues se desarrollan en redes neurálgicas similares al cerebro humano. Al no hacerse un proceso de deconstrucción que explique cómo un algoritmo de IA ha llegado a un resultado, será difícil establecer la responsabilidad por los defectos o el mal uso de esta, lo que es apenas uno de los aspectos éticos no tratados regulatoriamente.

Sobre su control, la profesora Amy Webb, de la Universidad de Nueva York, publicó The Big Nine, en el cual analiza la dominación de la IA por nueve empresas poseedoras de los programas, las redes y el hardware predominante en el mundo.

La mayoría de las patentes de IA les pertenecen, así como la investigación y el desarrollo. El avance de la IA para usos militares es preocupante por el secretismo e implicaciones. El monopolio genera problemas de competencia, gobernanza y responsabilidad.

Costa Rica. La nueva era de la humanidad ya está aquí, y sus desafíos y control no deben pasarnos de lejos. Debemos tomar acciones inmediatas para promover el uso responsable y ético de la tecnología, y ser un promotor de la democratización tanto de acceso como de desarrollo.

En el país, hay gente e industria capaces, pero nuestra escala y limitaciones económicas son un obstáculo. Carecemos de un marco regulatorio para apoyar la investigación y el desarrollo (I+D).

El país invierte menos del 0,5 % del PIB en I+D, y el dinero llega básicamente a las universidades públicas o es invertido por multinacionales. La media de la OCDE es del 2,4 %. Invertimos casi nada en primaria y secundaria, y mucho menos en las poblaciones costeras y rurales. Ser 55 en el mundo en innovación no es motivo de festejo. Por ello, fomentar el acceso a la educación tecnológica es fundamental, pues evita la división entre quienes tienen y quienes no; entre quienes saben y quienes no.

El fortalecimiento de nuestra plataforma tecnológica debe contemplar un programa nacional de alfabetización en la materia y aumentar por lo menos al 1,5 % del PIB la I+D. Dadas las limitaciones financieras del Estado, debe promover la inversión privada en igualdad de condiciones para nacionales y extranjeros para atraer talento; establecer la colaboración de la banca pública y privada con el sector; y asociarse con plataformas internacionales como la de SoftBank, el gigante japonés que dispondrá de $108.000 millones para su Vision Fund, para así investigar, desarrollar productos y servicios tecnológicos con sello costarricense. El anuncio del NHS británico de la puesta en operación de un app que predice padecimientos en los riñones es un ejemplo sobre colaboración estatal y privada.

Costa Rica tiene ventajas por su visión sobre cambio climático y deberíamos ser líderes en I+D y en inversión tecnológica en esa área. Debemos promover mejores prácticas en agricultura sostenible, emulando el liderazgo mundial de Holanda, y fortalecer una industria aeroespacial y de tecnología marina, aprovechando nuestros amplios espacios marinos.

Quizá nuestro aporte más significativo sea en el uso ético de la tecnología. La OCDE estableció un panel para la recomendación de políticas públicas cuyos alcances parece serán muy limitados, lo mismo que la ONU sobre armas autónomas. Conviene que hagamos propuestas serias sobre la gobernanza y la ética en el desarrollo de la tecnología y la IA, y ser actores en un campo relevante para la humanidad.

El autor es exembajador en los Países Bajos.