Álvaro Darío Moya Araya.   8 noviembre

Después de escuchar múltiples referencias sobre la película Joker (Guasón para el público hispanohablante), decidí, junto con unos amigos, ir a verla para formarme mi propio juicio.

La cinta es protagonizada por Joaquin Phoenix, en el papel de Arthur Fleck, comediante no muy exitoso, con una enfermedad mental que lo hunde poco a poco en la desesperanza, y, lo más curioso, excluido por unos, desestimado por otros, desautorizado hasta por los suyos, lo cual lo hace (¿inconscientemente?) cabeza de un levantamiento criminal en masa, que vocifera y destruye derechos y oportunidades.

Es lobísimo el hombre cuando no hay promoción, cuando se cortan las esperanzas, cuando alguien espera de otro una palabra de aliento y recibe burla y desaprobación.

Los revoltosos e iracundos, al sentir cierta “identificación”, catapultan al desestimado y convierten al enfermo (infirmo, alguien que no está firme y necesita ser sostenido, mientras acontece su infirmeza) en el Joker y, su acto grupal, en la insurrección de los postergados.

Encontró, en medio de su desgraciado escenario, lo que todo ser humano pareciera buscar: aceptación. ¡Deplorable la circunstancia! La aprobación la halla en quienes, como él, habían experimentado el juicio y el retroceso. ¡Desdichadas condiciones que lo hicieron vivir lo que nunca debió perder!

Lectura de Hobbes. No pretendo hacer una crítica de cine, sino una lectura desde otra clave, para que, como habitante, más que de este país, de este planeta, puesto que “la tierra es para todos, como el aire” (Nocturno sin patria, de Jorge Debravo), pueda sentir más la corresponsabilidad de no desvirtuar lo que nos hace lo que somos: personas que necesitan de los demás para in-formar lo in-firme.

Thomas Hobbes en el desarrollo de la filosofía del siglo XVII propone que si todos hiciéramos lo que queremos sería un caos. Afirma que el hombre tiene esencia de poder y su estado natural es una lucha violenta por imponer su voluntad sobre los demás, pero, junto con esto, teme no sobrevivir.

Por eso, Hobbes plantea la instauración de un Estado que dé seguridad y evite la destrucción de los individuos. Con el respeto a las autoridades, aunque sea de forma egoísta y como estrategia de supervivencia, se evita el estado permanente de guerra en el cual el hombre es lobo para el hombre: Homo homini lupus, frase atribuida a Plauto en la obra Asinaria, de la cual solo la primera parte Hobbes inmortalizó en De Cive.

De ahí que, una de las formas de concebir al ser humano por Hobbes sea afirmando que es malvado, egoísta, violento e insolidario, capaz de lo que sea para satisfacer sus deseos, aun por encima de los demás.

Con el paso del tiempo, las cosas parecieran no ser muy distintas; solo cambian las circunstancias.

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Engendro de la desaprobación. Es lobísimo el hombre cuando no hay promoción, cuando se cortan las esperanzas, cuando alguien espera de otro una palabra de aliento y recibe burla y desaprobación. Cuando no hay reconocimiento, cuando no se valoran los esfuerzos, cuando no se promueve a la persona, cuando no se festejan sus luchas y ardores, aunque tenga que aprender en medio de no pocos fracasos, cuando de los suyos recibe lo que de ningún semejante debería recibir, cuando no hay aproximación cordial y la persona se disocia del otro, “cuando los demás son una estadística, cuando hay una estetización del dolor” (Jacques Sagot en “La banalización y el juicio sobre el dolor”, La Nación 23/2/2019).

No basta un put on a happy face, la vida de muchos se alzan hoy como la de Fleck ante quien podría ser su padre: “No sé por qué todos son tan groseros, no sé por qué lo eres. No quiero nada de ti. Tal vez un poco de calidez, tal vez un abrazo, papá”.

Dejé cortada la expresión de Plauto y olvidé que no solo el hombre es lobo del hombre, sino también non homo, quom qualis sit non novit (no hombre, cuando desconoce quién es el otro).

El autor es estudiante universitario.