Pablo Ignacio Carrillo C.. 28 mayo

Desde el inicio de la pandemia, nos han restringido algunos derechos fundamentales con el fin de preservar un valor superior, como lo es la salud.

Las circunstancias han creado la necesidad de ajustar las actividades cotidianas. Las clases universitarias, la reunión con amigos o simplemente hacer compras en el supermercado se han vuelto de índole excepcional.

Lo que considero crucial es replantear los objetivos y reflexionar para enfocar las prioridades de la vida que llevamos.

Ya no vamos frecuentemente a “hacer vueltas” o a los cines, y hasta lo pensamos dos o más veces cuando determinada condición amerita asomarse por alguna de las calles que ahora se ven solitarias.

El agua tibia no se ha inventado y lo procedente es aplicar de ahora en adelante lo que la crisis mundial nos ha dejado.

Eso incluye pensar en las acciones y bienes antes considerados de primera necesidad, pero no lo han sido en estos meses.

Me atrevo a decir que muchos extrañamos lo básico de vivir, como el conversar con la gente, ya sea un extraño en la parada de buses de camino a casa o los seres queridos que están fuera de nuestra “burbuja social”, pero también apreciamos.

Las pantallas de las computadoras o celulares, por más que queramos, no han llegado a transmitir el cariño y mucho menos las emociones de afecto característicos de los latinoamericanos.

Repensar prioridades. No digo que sea el momento de rebelarse contra las acertadas decisiones tomadas por las autoridades de salud con el propósito de prevenir la propagación exponencial del virus, sino el repensar las prioridades.

No es malo tener algún capricho y tampoco lo es tener una afición, como podría serlo coleccionar objetos que nos identifican y nos hacen sentir especiales. En estos tiempos, son más bien un apoyo para obtener fuerzas.

Lo que considero crucial es replantear los objetivos y reflexionar para enfocar las prioridades de la vida que llevamos. Por ejemplo, según el Informe del estado de la nación en desarrollo humano sostenible del 2018, la cantidad de automóviles por vivienda era de 0,6.

Costa Rica es el tercer país latinoamericano con más vehículos por habitantes, Argentina y México ocupan los primeros puestos.

En la coyuntura actual, los periódicos informan de menos circulación de autos en el territorio nacional. Por ende, se ha gastado menos dinero en la compra de combustibles, lo cual beneficia al país.

Y es notorio el aumento en el uso de medios de transporte alternativos, como las bicicletas, cuyo impacto en la vida de cada uno de nosotros es bueno.

Considero que la especial referencia va directamente a defender la humanización del ser humano como parte de una sociedad que nos acerque más.

A probar nuevas formas de convivencia, a darnos cuenta de que el porcentaje de consumo de ropa, zapatos y demás accesorios —apreciados para la vida en sociedad— ha disminuido, y las verdaderas responsabilidades se han centrado en cubrir las necesidades de los primeros escalones de la pirámide de Maslow, como alimentación, seguridad física, empleo y salud.

Satisfacciones de la vida. El pasar tiempo con los seres queridos, el aprovechar los momentos para leer un libro, desarrollar nuevas aptitudes y otras actividades que nos formen como personas integrales es lo que realmente nos satisface como seres humanos.

Debemos buscar el disfrute interno basado en la calidad de las relaciones interpersonales y en nuestro desarrollo para la contribución al país, e ir descartando la acumulación de bienes materiales y todo lo que consideramos a plena vista es superfluo para el crecimiento personal.

Dependerá de nosotros mismos si en la pospandemia actuaremos con una visión más amplia o seguiremos sin ningún cambio a largo plazo, volviendo a nuestra realidad, en la que, estoy seguro, muchos sabemos que es posible mejorar.

El autor es estudiante.