Ian Vásquez. 16 mayo

La guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo ha escalado notablemente. El presidente Donald Trump anunció el viernes aranceles altos sobre $200.000 millones de importaciones desde China y promete imponer más. A comienzos de esta semana, el gigante asiático tomó represalias al erigir aranceles sobre $60.000 millones de importaciones provenientes de EE. UU.

Trump empezó esta guerra el año pasado. Sus quejas contra China no son infundadas. Después de todo, cuando China se unió a la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el 2001, se comprometió a regirse por las reglas del organismo y cada vez más por las del mercado. Sí, se abrió a la economía global, pero hace años que dejó de liberalizar. Más bien, las transgresiones respecto al comercio parecen haberse institucionalizado en la medida que ha aumentado el volumen de su comercio.

Esas transgresiones incluyen el uso de subsidios y el favoritismo hacia empresas estatales, la transferencia forzosa de tecnología y el robo de propiedad intelectual, entre otras violaciones. Anteriores gobiernos estadounidenses hicieron poco para revertir esas prácticas proteccionistas. La estrategia de Trump, supuestamente, tiene como fin imponer un costo tan alto sobre China que el país termine cambiando sus políticas.

Herramienta equivocada. Un problema mayor con esa estrategia —más allá de que la apuesta no le está resultando a Trump— es que usa una herramienta equivocada para corregir el abuso identificado. Imponer aranceles tan amplios para problemas específicos perjudica todo el comercio con China, incluso la mayor parte que no debería ser controversial.

Trump podría haber tratado de resolver los problemas a través de la OMC y en conjunto con los europeos y otros aliados de Estados Unidos que también están descontentos con China por las mismas razones. No optó por los mecanismos de la OMC, a pesar de que China tiende a respetar los fallos en su contra cuando se adjudican casos en dicha instancia.

En vez de eso, ha optado por una política bilateral que ignora o perjudica a sus mismos aliados. Trump ha impuesto aranceles sobre ciertas exportaciones europeas, canadienses y de otros socios a la vez que se retiró del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica —que lidiaba con varios de los problemas de los que se quejan EE. UU. y otros países—, al que China se hubiera sentido obligada de unirse tarde o temprano.

Trump está explotando la disputa con China para armar el falso relato de que la OMC no sirve.

Mercantilismo. Lejos de demostrar una búsqueda de menores barreras y mayor apertura, la política comercial de Trump hacia China exhibe un preocupante prejuicio a favor del mercantilismo, es decir, por el proteccionismo y favoritismo hacia ciertas industrias nacionales a costa de los consumidores, ya sean individuos u otras empresas locales. Exhibe también una ignorancia asombrosa sobre los beneficios del intercambio voluntario internacional, pues Trump considera que un déficit comercial (que es lo que tiene EE. UU. con China) es en sí adverso, contrario a lo que opina casi la totalidad de la profesión económica.

Lo que está en juego va más allá del efecto negativo que tendrá la guerra comercial entre los dos gigantes en sus propias economías y la del mundo. Trump no recurre a la OMC, guardián del sistema internacional de comercio abierto, porque lo quiere descalificar. El año pasado, amenazó con retirarse de él. Probablemente, no haga algo tan drástico. En cambio, lo que sí está haciendo Trump es intentar castrar a la OMC al bloquear la designación de nuevos jueces de resolución de disputas.

La OMC se ha quedado con solo tres jueces de última instancia y el término de dos de ellos expira este año. Si no se reemplazan, no tendrá la capacidad de ver casos y hacer cumplir sus reglas. El golpe al sistema liberal de comercio internacional sería enorme. Trump está explotando la disputa con China para armar el falso relato de que la OMC no sirve.

El autor es director del Centro para la Libertad y Prosperidad del Cato Institute.