Fernando Mayorga Castro.   9 julio

No sé si existe consciencia de la magnitud de la tragedia y las secuelas para la sociedad en los próximos años.

No me refiero al tiempo requerido por la economía, especialmente la industria turística, para recuperarse de los efectos de la pandemia.

Tampoco me refiero al plazo que le tomará al Estado reponerse de la situación fiscal crítica, originada por un déficit arrastrado desde hace muchos años y agravado ahora por una merma en los ingresos y un incremento en los gastos para hacer frente a la emergencia sanitaria.

Me refiero a la crisis en nuestro sistema educativo, al tiempo que tomará recuperarse de los daños sufridos por cientos de miles de estudiantes de primaria, secundaria e incluso de educación superior, debido a todos los meses en que no han recibido lecciones de manera “normal”, y han debido afrontar cambios metodológicos para los cuales muchos no estaban preparados, ni alumnos ni docentes.

Fuera del sistema. Las autoridades del Ministerio de Educación Pública (MEP) vaticinan una numerosa exclusión estudiantil para cuando se reanuden las lecciones presenciales.

Muchos estudiantes quedarán fuera del sistema educativo porque, durante meses, carecieron de acceso a las mismas herramientas y oportunidades que otros.

Probablemente, la mayoría de los perjudicados serán de familias sin medios económicos para costearse la Internet a fin de que sus hijos recibieran materiales o se comunicaran con sus profesores, con lo cual los hogares más urgidos de la educación de sus hijos, para cambiar a mediano plazo su situación socioeconómica, se sumirán, una vez más, en el círculo de exclusión que les impide acceder a un mejor futuro.

Esta tragedia se está gestando y va a explotar si las autoridades y la sociedad no hacen algo para cambiar el curso de las cosas, máxime cuando no hay condiciones para normalizar las lecciones a corto plazo. Probablemente no habrá lecciones el resto del año.

En este momento, la única opción viable es abordar vigorosa y valientemente el problema y adoptar medidas para paliarlo. Entre estas es esencial asegurar a todo estudiante acceso a los recursos tecnológicos, en particular a la Internet.

En apoyo a las medidas que adopte el Estado, las distintas oenegés que contribuimos con los jóvenes en el campo educativo (mediante becas, por ejemplo) debemos orientar ahora nuestros esfuerzos a posibilitar que los estudiantes con más necesidades no interrumpan la educación por carecer de un teléfono celular o una tableta, o por no poder pagar la conexión a Internet.

Prepararse para hoy y el futuro. Por otra parte, es crucial la claridad en las líneas metodológicas, los contenidos y los mecanismos de evaluación que deberán seguirse mientras no regresen las lecciones presenciales y se regulen las obligaciones del personal docente para con sus estudiantes en esta etapa de educación a distancia, pues existen enormes diferencias entre centros educativos y hasta entre maestros y profesores de una misma escuela o colegio (y hablo solo de los públicos), pues mientras algunos han procurado un contacto constante con sus estudiantes, otros los han abandonado completamente.

El trabajo de mejorar el sistema no presencial es una previsión en caso de que la crisis actual se prolongue y con miras a estar preparados para otras que se presenten en el futuro.

Incluso bajo condiciones de normalidad deberían hacerse “simulacros” o prácticas periódicas de educación a distancia en todos los centros educativos y niveles, de manera que se garantice que, sin importar las circunstancias, no volverán a cortarse los procesos de enseñanza y aprendizaje.

La tragedia está en ciernes. Si las autoridades y las organizaciones sociales actuamos con rapidez, coordinación y decisión, podremos evitarla.

El autor es presidente de la Fundación Tejedores de Sueños.