Fernando Ferraro. 7 mayo

Margaret Thatcher decía que toda mujer que entienda los problemas de administrar una casa estará más cerca de comprender las dificultades de dirigir un país.

Su afirmación podría tocar algunas sensibilidades feministas, pero hay un paralelismo que no debemos subestimar. La definición de las prioridades y la manera como se dispone de los ingresos son cuestiones primordiales para una vida familiar buena y provechosa o, por el contrario, la fuente de problemas capaces de destruir el hogar.

La realidad se impondrá apenas el plan fiscal entre en vigor sin medidas para superar aquello que lo justificó y sin compensar los efectos negativos que tendrá sobre la actividad económica.

Por esa razón, debemos recordar a Thatcher y su sencilla sabiduría para dejar de posponer la reorganización de nuestro hogar común. Una tarea que afecta un entramado de intereses que se vale de todo tipo de distracciones para dilatar las necesarias reformas.

Evitar la trampa demanda no distraernos discutiendo iniciativas políticamente correctas a las cuales somos tan aficionados. Es cierto, la vida de un país no se reduce a la cuestión fiscal y económica, pero tampoco debemos subestimar el hecho de que estar ocupados en trivialidades puede comprometer todo lo demás si no se atiende oportuna y adecuadamente lo decisivo para el bienestar común.

Debates como los que han estirado la discusión sobre el aborto terapéutico más allá de la realidad costarricense o como el que trivializó la restricción a la tenencia de armas, como si en Costa Rica no existiera un límite, y otros aparentemente nobles como la descarbonización, incluida la pifia del etanol, la extinción de dominio o el apoyo a la reforma constitucional, que entre otros efectos aumentará el número de diputados en más de un 50 %, son iniciativas políticamente correctas que nos alejan de los problemas del momento.

Debemos recordar a Thatcher y su sencilla sabiduría para dejar de posponer la reorganización de nuestro hogar común.

Es lo mismo que sucede con la innecesaria y recurrente discusión sobre el Estado laico, la cual nos distrajo mientras se postergaban soluciones razonables a un problema civil y patrimonial que afecta a las parejas del mismo sexo, como lo son las denominadas “sociedades de convivencia”.

Un problema que finalmente “nos resolvieron” desde afuera con una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que comprometió nuestra soberanía más allá de lo aceptable. Incluso el programa de cooperación con el régimen cubano, recientemente anunciado, añade una polémica innecesaria en un momento cuando se necesita tranquilidad y confianza.

Alguien dirá que estoy enredando asuntos sin relación entre ellos, pero su vinculación es evidente al observar cómo nos llevan a procrastinar la solución de una amenaza fiscal que cuelga sobre todos los costarricenses como la espada de Damocles.

El autor es abogado.