Pablo Ortega R.. 9 julio

¿Nos enseña algo el pasado de lo que nos espera tras el inicio del pago del impuesto sobre el valor agregado (IVA) del plan fiscal? Más de lo que parece.

Ya el filósofo e historiador árabe Ibn Jaldún, tras estudiar durante toda una vida el auge y caída de los imperios, escribió hacia el año 1377: “Debe entenderse que al comienzo de una dinastía los impuestos producen una alta recaudación mediante tasas bajas, pero al final de una dinastía, los impuestos producen una baja recaudación mediante tasas altas” (de su libro Muqaddima).

Lastimosamente, nadie en el gabinete económico del gobierno pareció haber tomado en cuenta el momento del ciclo económico por el cual atravesaba el país a la hora de poner en marcha el plan fiscal.

Modernamente, la tesis de Jaldún se conoce como curva de Laffer o curva de Jaldún-Laffer y refleja la idea de que, en el proceso de alza de impuestos, se alcanza un punto máximo después del cual la recaudación comienza a bajar, incluso mientras los impuestos siguen subiendo. Sin embargo, más interesante aún del texto citado es la relación entre el límite fiscal y la idea de ciclos económicos.

Jaldún fue quizás el primer pensador en entender que la economía (e incluso la cultura) tiende a moverse por ciclos u olas, y desde entonces diversos teóricos, tanto de izquierda como de derecha, han desarrollado esta noción.

Sujeto al momento. Los vaivenes de los mercados no son aleatorios; presentan una tendencia de crecimiento durante varios años, seguida de otros tantos de contracción, algo completamente constatable en un análisis de rendimientos históricos de las economías del mundo.

En el caso de los impuestos, Jaldún tenía claro que los resultados de una política impositiva dependían del momento imperante del ciclo. Si una economía estuviera en una robusta ola ascendente, sería factible esperar más recaudación fiscal de aplicarse un alza en los impuestos; pero si estuviera iniciando un ciclo recesivo, comenzaría a verse una menor actividad económica gravable. En este caso, dice Jaldún, existe la tentación para el Estado de compensar la baja en recaudación mediante una nueva subida de impuestos.

Pero con esto lo único que conseguiría sería desestimular las actividades comerciales. Al tomar el ya de por sí escaso dinero de la calle, no solo golpearía los bolsillos del pueblo, ocasionando un generalizado malestar popular, sino que, de hecho, produciría una menor recaudación, pues esta depende de que haya actividad comercial, en primer lugar.

¿Qué recomendaba Jaldún en esta fase recesiva? Lo contrario: bajar impuestos todo lo posible para darle confianza y recursos a la gente y suavizar la caída cíclica.

Si reemplazamos “dinastías” por “ciclos económicos”, puede que Costa Rica esté por repetir errores advertidos desde los califatos. Podemos citar el caso de Canadá: el primer ministro, Justin Trudeau (con la mejor de las intenciones), subió fuertemente los impuestos en el 2015, justo en un ciclo a la baja que llevó el PIB a un crecimiento negativo en cifras del 2016. La recaudación, lejos de crecer, bajó en miles de millones de dólares canadienses.

Ceguera. Lastimosamente, nadie en el gabinete económico del gobierno pareció haber tomado en cuenta el momento del ciclo económico por el cual atravesaba el país a la hora de poner en marcha el plan fiscal.

Sobraban indicios de una marcada tendencia negativa desde el 2017, o aún antes: el índice mensual de actividad económica (IMAE) lleva 36 meses en caída, los índices de desempleo han llegado hasta su punto más crítico en décadas y el índice de confianza del consumidor es desde el 2018 más bajo que en lo peor de la recesión del 2008-2009.

El golpe puede ser más fuerte de lo previsto, pues Costa Rica es un país muy caro para el nivel de sus ingresos medios; una subida aparentemente pequeña en el costo de la vida puede ser la gota que rebose el vaso y convierta servicios básicos en impagables.

El único estímulo del plan fiscal fue una amnistía a los grandes sectores acreedores y productores, como si los bancos y las industrias no necesitaran clientes solventes para funcionar.

A nuestro bienintencionado gobierno no le queda más que elevar sus plegarias al cielo para que su indiferencia hacia los ciclos económicos aquí en la tierra no termine en un desastre fiscal y social.

Ya que está viendo hacia arriba, podría pedir el deseo de que caigan miles de meteoritos, como el de Aguas Zarcas, a las cuentas bancarias de la población. Valorados en hasta ¢18.000 el gramo, la naturaleza sabiamente compensaría de esta manera el estímulo que el gobierno no supo darle al consumidor.

El autor es filósofo y documentalista.