Alejandro Marín Mora. 19 noviembre, 2020

La pandemia dejó y seguirá dejando profundas secuelas en todo el mundo, económicas, sociales, sanitarias y aún más en la desmoronada esfera política, hasta donde el uso de mascarillas o no significa un simbolismo político.

Sin bien esto ocurre y nos afecta a todos por igual de manera inexorable, cada uno de nosotros convive con las propias secuelas de la pandemia.

Una de las más crueles que evidencia la cruda y desgarradora realidad en el significado más dantesco de la pandemia la soportan sobre sus hombros los médicos: léase médicas, enfermeras, terapeutas respiratorios, comités de bioética, etc.

Sin negar que existe la crudelísima probabilidad de que un médico deba atender a otro, la actual coyuntura causada por el virus SARS-CoV-2 nos somete a ese escenario día tras día, y deja profundas marcas físicas, emocionales y sumas interrogantes éticas en el personal médico.

Días atrás, en las noticias, observé al Dr. Alfredo Cano, jefe de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital General Reina Sofía de Murcia, caer en llanto al hablar de cómo enfermaban y morían sus colegas bajo sus cuidados.

Aquel experimentado médico sucumbía a su afección y no podía ser de otra manera; fueron sus compañeros de facultad, amigos o estudiantes, y la covid-19 se los llevaba inmisericorde.

Pérdida inmensurable. La escena se repite por todo el orbe y Costa Rica sumida en esta tragedia ha visto médicos tratando de evitar que sus propios colegas, con los que estudiaron y compartieron en pasillos de hospitales y clínicas la extraordinaria pero extenuante que puede ser la disciplina médica, agonicen debido a la covid-19.

Es innegable que este drama se experimenta con cada paciente, sea cual sea, lo conozcan o no. Esto no se discute, el personal médico no discrimina entre unos y otros; sin embargo, es también irrebatible que reviste una esencial y particular compasión cuando aquel es su igual, su colega. Todo ello lleva a un profundo cuestionamiento bioético, la Futilidad.

El problema ético surge cuando la actitud diligente y compasiva del médico se torna en un revanchismo para «salvar» a su colega agónico debido a la enfermedad del coronavirus, y en un afán desmedido extralimita las terapias y cae en el abismo de la obstinación terapéutica.

Lo anterior puede ocurrir independientemente del paciente que se trate, empero, es frecuente en ciertos contextos, como cuando se atiende a otro médico.

Abstenerse. En la ética médica griega existía la obligación moral de abstenerse de actuar cuando la muerte o la incurabilidad del enfermo parecían ser fatalidades invencibles, decretos de la divina y soberana physis.

Hipócrates adujo «evitar el sufrimiento de los enfermos, absteniéndose de tocar a aquellos en quienes el mal es más fuerte y están situados más allá de los recursos del arte»; no obstante, el amplio desarrollo biotecnológico puede producir en algunos dificultad para reconocer cuándo el paciente, y más aún si es nuestro colega, está situado más allá de los recursos del arte.

Por ello, la imperativa noción ética de cada médico y el apoyo de los comités de bioética se vuelve, en estos momentos más que nunca, fundamental para evitar a la aterradora Futilidad.

El autor es médico bioeticista.