Patricia Amrhein Stewart.   5 noviembre, 2020

«Costa Rica es un país pequeño en Centroamérica (…). Se ha convertido en un refugio de expatriados para aquellos que buscan un estilo de vida puramente hermoso, asequible y tropical», son las palabras introductorias del episodio sobre nuestro país en el documental interactivo Con los pies sobre la tierra, de Zac Efron, transmitido en julio por Netflix.

El actor estadounidense y un compatriota viajan a varios sitios y entrevistan a expertos de distintos países sobre sus iniciativas medioambientales, gastronómicas y sociales.

En todos los episodios sobresalen el esfuerzo y la visión de las poblaciones, desde la generación geotérmica en Islandia y el suministro de agua pública en Francia hasta la criopreservación de papas en Perú. Excepto en nuestro país, sobre el cual se trasmitió un duro mensaje: para representar a Costa Rica es mejor por medio de voz y ojos extranjeros.

Tomo como punto de partida este episodio para no solamente señalar la invisibilización del costarricense, sino para resaltar una problemática aún más atroz: cómo los estereotipos, sesgos, prejuicios y percepciones sobre una cultura propagan ciclos discriminatorios y crean distorsiones sociales casi trilladas.

Simplificación excesiva. Aun si fuese un asunto logístico, contractual o de edición de los productores de la serie y la atracción turística por Costa Rica haya incrementado el capítulo, es un claro ejemplo de cómo los humanos encontramos atracción en la simplificación excesiva, aceptación de la parcialidad y comodidad de la pereza.

La tendencia a esta pereza analítica se refleja cuando recibimos información y la ajustamos a nuestras opiniones preestablecidas.

Si tiene sentido la premisa de científicos cognitivos —que el idioma no es solamente el resultado del pensamiento, sino que el lenguaje que utilizamos estructura pensamientos y opiniones—, concluimos entonces que episodios televisivos como este y otros continúan formando sesgos dañinos y sembrando discriminación y exclusión.

En este caso, una evidente discriminación y exclusión de costarricenses en el concepto de nuestra propia patria.

Debería despertar la curiosidad de toda persona cuando un país ha casi duplicado su cobertura forestal en menos de tres décadas, como lo ha hecho Costa Rica. Un país que no ha contribuido al inmenso deterioro ambiental causado por el complejo industrial-militar, especialmente desde la abolición del ejército. ¿Dónde se nombran los movimientos sociales que han prohibido actividades extractivistas altamente contaminantes, el enfoque en la educación que permite elevar nuestra fuerza laboral en sectores de valor, el compromiso con la soberanía alimentaria de nuestras comunidades indígenas, la ardua y constante lucha de organizaciones contra el desaleteo y la pesca de arrastre, la proactividad de agricultores orgánicos para mantener su integridad ecológica, nuestra trayectoria en energías limpias, la innovación en arquitectura sostenible?

Cuestión de dignidad. Conocemos plenamente los desafíos que enfrentamos como nación —y que el puravidismo se ha convertido en un eslogan ineludible—, pero sabemos que somos más que eso.

Este no es un argumento a favor del ego cultural ni de la categorización de personas como nativas o foráneas; es un asunto de dignidad, representación y educación.

Una verdadera responsabilidad social ve el panorama completo y trasciende agendas personales y autopromotoras. Es cómicamente irónico atribuir la generación de conciencia ambiental solamente a un grupo, en un país extranjero, capitalizando las ventajas ya existentes en ese territorio.

Es desafortunadamente agraviante que se haga justicia enseñando dosis de clichés. No es cultura, sino conveniencia, oportunismo y mercadeo barato.

Si las personas vieran más allá de publicidades y simples prejuicios, comprenderían que este país es más que un estilo de vida puramente hermoso, asequible y tropical. Costa Rica es indiscutiblemente el resultado de las acciones de los costarricenses.

La autora es historiadora y relacionista internacional.