Carlos Manuel Echeverría. Hace 6 días

De acuerdo con el Sociómetro del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 1999, un 7,5 % de los costarricenses estaban en pobreza extrema; un 23,7 %, en pobreza; 40, 9 % se consideraban vulnerables; un 28,1 % se ubicaban en la clase media; y un 1,3 % pertenecía a la clase alta.

En el 2015, es decir, 16 años después, hubo un fuerte aumento en la clase media, subió al 43,1 %, y en la clase alta se registró un leve incremento, pues pasó a ser el 5,1 % de los costarricenses.

La pobreza extrema siguió, prácticamente en el mismo nivel (un 7,2 %) y la pobreza total cayó unos cuantos puntos, a 21,7 %. La gente en estado de vulnerabilidad representó ese año el 36,5 % de la población.

Es inconcebible que un país como el nuestro fracase en la lucha contra la pobreza.

El coeficiente de Gini pasó del 48,4 al 50,6 (0 es la perfecta igualdad y 1 la plena desigualdad).

Las estadísticas muestran que el país no está saliendo adelante, no consigue reducir la pobreza ni la vulnerabilidad en forma significativa y el coeficiente de Gini, que señala el estado de las diferencias sociales, debió haberse reducido.

Un fin social fundamental de una nación es promover la igualdad o por lo menos evitar que miembros de la sociedad vivan en condiciones indignas.

Un país sin la carga del ejército, que ha invertido tanto en educación, democracia y convivencia pacífica, y con los recursos naturales, humanos y materiales, así como la localización geográfica del nuestro, es inconcebible que fracase en la lucha contra la pobreza.

Posibles causas. Es difícil determinar a qué se debe la situación sin una investigación profunda, pero, a manera de hipótesis, voy a mencionar algunas ideas.

Me parece que fue a partir del gobierno que terminó en 1986 cuando la corrupción empezó a reinar y el ser corrupto se convirtió en signo triunfalista. Cuando se reveló el desfalco del Fondo Nacional de Emergencias hubo un cambio en cuanto a moral y ética. Da la impresión de que nuestras universidades y escuelas formadoras de educadores, especialmente, dejaron de lado el inculcar esos dos valores claves.

Se deben buscar nuevos modelos económicos y políticos. Los prevalecientes están agotados.

De allí, los innumerables escándalos que han caracterizado nuestra vivencia social en los últimos años. Aunado a ello, está la ineficiencia e ineficacia del Estado, reflejado no solo en la baja calidad de los servicios y la corrupción, sino en la pésima gestión del municipio y entidades públicas estratégicas, como el ICE, que no pudo ponerse el pantalón largo, y otras que malentienden el concepto de autonomía.

También están el despilfarro, que nuestra cuestionada gestión judicial logra difícilmente resolver castigando raramente a quien se lo merece, y el oportunismo de los empleados públicos quienes han aprovechado cuanta oportunidad se les ha presentado para aumentar sus salarios, beneficios extrasalariales, pensiones y honorarios en el caso de los abogados bancarios.

Lo anterior tiene nuestra economía enferma, sin que aumente la productividad. La evidencia señala una sociedad desasociada, en la cual cada sector protege sus intereses y la solidaridad materializada en las reformas sociales de los años 40 y el desarrollo institucional de las 50 y 60 se volvió una idea despreciable.

La sociedad y el aparato estatal, especialmente el Mideplán, así como la academia y los centros de pensamiento, deben buscar nuevos modelos económicos y políticos. Los prevalecientes están agotados. Los esfuerzos de los últimos años han sido insuficientes, por consideraciones políticas y el apoyo a ciertos grupos privilegiados.

El autor es exviceministro de Planificación Nacional.