Gilberto Campos Cruz. 12 agosto

Costa Rica cambió. Sucedió justo cuando empezamos a envejecer y decidimos tener menos hijos. Cuando los hijos de los agricultores encontraron otros sectores más atractivos para ellos. Cuando el sistema financiero perdió su norte y, en lugar de la banca estatal servir a la gente, fueron los clientes quienes se convirtieron en la “batería” chiquitica, amarrada legalmente, que sostiene los privilegios y la estructura paquidérmica de los bancos públicos.

Ya no somos más un país conformado en su mayoría por agricultores a los cuales se debe ayudar a mantener su estilo de vida. No, ahora somos un país donde una generación abandonó el campo y buscó otras labores más atractivas, como la tecnológica, los servicios, el turismo, el transporte colaborativo, el comercio y otras que han florecido contra viento y marea. Una generación de micro y pequeños empresarios, quienes, algunos por ingenio y deseo propio, otros porque no han conseguido un trabajo, decidieron aventurarse a los riesgos del emprendimiento.

El Estado costarricense fue diseñado para un contexto distinto de paternidad, en el cual había que ayudar a la gente. Eran otros tiempos y es hoy un barco que hace agua.

Su lentitud, su tamaño y la imposibilidad de controlar el gasto, hace que veamos el despilfarro del dinero para salvar instituciones que no encuentran acomodo en esta nueva era. Son gastos que se constituyen en un respirador artificial. Ahora, el Estado también debe ayudar a la gente, pero dejándola elegir, crecer, soñar y vivir sin interferir, sin estorbar.

Hace mucho, dejamos de medir nuestro bienestar en términos de lo que el Estado ofrece. Hoy, lo hacemos en función de lo que nos queda para vivir luego de pagar impuestos, cuotas de créditos, obligaciones legales y servicios públicos. Esto no es bienestar: es el resultado del peso que sobre los bolsillos de todos los consumidores han impuesto las políticas socialistas, sean democráticas, revolucionarias, reaccionarias o de cualquiera otra índole.

Los muchos y los pocos. El Estado debe cambiar al ritmo del contexto para satisfacer las demandas de sus ciudadanos. Un hecho tan básico es comprendido por muchos; esos muchos que no tienen acceso al poder y demandan una adecuación de las políticas públicas y acciones de las instituciones a la Costa Rica que existe hoy, no a la que ya pasó y quieren mantener.

Los pocos viven de otros sueños del pasado, sin reconocer que las personas modernas requieren más herramientas, educación y oportunidades para salir adelante, que de reconocimiento de derechos que se vuelven ineficaces sin trabajo.

Cambió la gente, nuestros intereses, gustos y necesidades; sin embargo, el Estado no lo hizo y siguió engordando, incrementando el gasto, transfiriendo recursos a sectores poderosos a costa del resto de los costarricenses, por medio de fijaciones de precios, prácticas oligopólicas consentidas, aranceles exagerados y salvaguardas que suben los precios de la comida debido a la existencia de instituciones que dejaron de entender que su acción se debe al ciudadano y que cuando no ya no sean necesarias deben dejar de existir.

Tenemos problemas serios en instituciones públicas llamadas “áreas de negocio”, bancos cuya eficiencia se mide por sus utilidades, no por las rebajas en las tasas de interés para sus clientes o las mejores condiciones que ofrecen: empresas públicas cuyo interés es crecer de acuerdo con la ocurrencia, sin importar que sean los usuarios quienes deban pagarlas, o peor aún: la mentalidad de no pocos funcionarios quienes, lejos de pensar en el buen servicio y hacérselo fácil al ciudadano, se empeñan en defender su poder público y su ubicación en el organigrama.

Énfasis en el ciudadano. Necesitamos un giro hacia una derecha centrada, en la cual el ciudadano sea el punto de partida y de llegada de las políticas públicas. Urge que el Estado vele realmente por la seguridad, la salud y la educación, sin atentar contra el bolsillo de la gente, para que la comida empiece a abaratarse al eliminar su distorsión más perversa: las barreras arancelarias. Un Estado donde el sistema financiero esté al servicio de la gente y no a la inversa. Ese giro a la derecha debe ser reposado, frío y sereno, con el objetivo claro y pragmático enfocado en que el Estado funcione eficientemente.

Costa Rica cambió. La idea de país cambió en la mente de los ciudadanos de menos de 40 años, aunque muchos partidos políticos fueron incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos y condenaron al Estado a mantener los mitos de otras épocas.

Otras agrupaciones políticas se aprovecharon de las creencias tradicionales para favorecerse en las urnas, pero, en todo caso, la acción pública no cambió, la discusión se basó en salvar un organigrama, no en salvar a los ciudadanos.

Los ciudadanos terminaron siendo sacrificados para salvar una estructura paquidérmica, a costa de sus finanzas personales, diezmados en sus negocios, afectados en sus costos. El giro hacia el liberalismo debe darse, y pronto, para que los ciudadanos vivan bien.

El autor es politólogo, vicepresidente de Consumidores de Costa Rica.