Vilma Camacho Víquez. 7 abril

Se perdió el señorío y el sentido del honor en uno de los sitios que deberían revestir mayor respeto, sobre todo por quienes ocupan el espacio para ejercer la potestad de legislar, otorgada por el pueblo a través del sufragio.

El Congreso es mancillado por una legisladora, quien, sin contar con permiso —que de seguro nadie le habría concedido—, tomó las instalaciones para hacer de ellas su domicilio, incluida estadía durante la noche cual si fuera su dormitorio privado, esgrimiendo argumentos muy respetables, pero que no justifican tal actitud, lo cual es inconcebible, imperdonable.

La diputada frabricista Nidia Céspedes se opone al aborto. Foto Alonso Tenorio
La diputada frabricista Nidia Céspedes se opone al aborto. Foto Alonso Tenorio

Es inaceptable que ella, en su condición de integrante del Poder Legislativo, e incluso ignorando los más elementales principios de higiene, se rodee de sus vestimentas en un lugar que casi podría tenerse por sagrado.

Es una actitud que ultraja el Primer Poder de la República por quien debería ser ejemplo y baluarte de nuestros valores cívicos, y constituirse en un modelo digno para nuestros niños y jóvenes, quienes empiezan a incursionar en la vida ciudadana, pero, muy por el contrario, verán como normal, e incluso plausible, asumir posiciones de esa índole.

Pensemos en lo que ocurriría si otros integrantes de la Asamblea Legislativa consideraran emular la actitud y sumarse a lo que ella hace, qué pasaría en el Congreso, el cual, aunque no requiere carpas ni necesita ventas ambulantes, se convertiría en un vergonzoso escenario y menoscabaría la imagen del país por la importancia que reviste el lugar donde se promulgan nuestras leyes.

¿Hasta cuándo tendremos que presenciar tal espectáculo?

La autora es abogada.