Eduardo Cruickshank Smith. 11 agosto

Leí con atención la entrevista hecha por La Nación al presidente de la Federación Alianza Evangélica Costarricense (FAEC), Rigoberto Vega, publicada el lunes 5 de agosto, con respecto a la participación política de los pastores y los cristianos.

Según las declaraciones de Vega, la FAEC resolvió no promover ni convocar nada relacionado con la política electoral partidaria y dejar de ser parte de ella. La entrevista consigna, también, que la Junta Directiva de dicha federación acordó extender invitación a los pastores de las iglesias afiliadas a no participar en procesos electorales.

Como cristiano evangélico que soy, entiendo que, fundamentalmente, la FAEC desea que los pastores afiliados se concentren en su extraordinaria misión de conquista y redención de almas para el Señor. Y eso, en esencia, lo comparto.

Le he dirigido una carta a la FAEC para que nos aclare cuáles son las directrices y el alcance real de su nueva posición con respecto a la actividad política.

Comprendo que su llamado tiene como fin que la política no desvíe a los pastores de su verdadero llamado ni de su misión redentora. En eso, también estoy de acuerdo.

Sin embargo, crea una gran confusión cuando indica que la Alianza afirma que la Iglesia nada tiene que ver con la carrera política; cuando todos sabemos que la Iglesia somos sus miembros y, por tanto, tenemos también un llamado de servicio a la patria.

La mejor manera de darle voz a la Iglesia evangélica, para que se le tome en cuenta y no sea discriminada por nuestros líderes políticos y gobernantes, es hacer que ellos sepan que nosotros representamos un gran caudal electoral en nuestro país y estamos dispuestos a hacernos sentir.

La Iglesia evangélica, hace ya algunos años, entendió que involucrarse en política no es pecado. Más bien, lo ideal es que sean los hombres llenos y las mujeres llenas del Espíritu Santo, temerosos y temerosas de Dios y con vocación de servicio público quienes gobiernen las naciones. Por eso, me llama poderosamente la atención que sea esta la que ahora pareciera estar reculando de lo que es la más crucial actividad secular, especialmente, por su impacto sobre los pobres.

Es paradójico que esa aparente retirada se esté dando justamente cuando la Iglesia católica, por medio de monseñor Manuel Salazar, obispo de Tilarán, durante la homilía del pasado 2 de agosto, en Cartago, señaló con claridad meridiana la responsabilidad y el compromiso de la Iglesia y de sus fieles con la política y con el quehacer nacional. Actitud y conceptos que por cierto suscribo, y por los cuales felicito a la Iglesia católica y a monseñor Salazar.

Por todo lo anterior, le he dirigido una carta a la FAEC para que nos aclare cuáles son las directrices y el alcance real de su nueva posición con respecto a la actividad política, a fin de no dejar duda alguna a sus pastores afiliados ni a los cristianos evangélicos ni a los ciudadanos sobre las verdaderas intenciones de tan destacada organización cristiana.

Me pongo a las órdenes de la Alianza Evangélica para conversar y apoyarla en sus esfuerzos por salvaguardar la misión de los pastores, sin lesionar el compromiso de los creyentes con una patria tan necesitada de nuestra oración como creyentes y de nuestro liderazgo como ciudadanos.

El autor es diputado.