David Díaz Arias. 16 agosto

La administración de Rodrigo Carazo (1978-1982) es señalada como la culpable de la crisis económica vivida en Costa Rica entre 1980 y 1981.

Algunos autores hablan de confusión en la política económica de Carazo y sus ministros, y que eso se debió a que el gobierno carecía de identidad propia; otros, que se debió a que Carazo puso en marcha una reforma neoliberal y aniquiló el modelo desarrollista anterior; y hay quienes afirman que fueron los precios del petróleo y el alza en las tasas de interés internacionales.

Lo que casi no se menciona es que Carazo formuló una reforma fiscal, pero fue aniquilada en la Asamblea Legislativa por sus opositores. Y eso que ya en 1980 la discusión sobre las políticas económicas se orientaba a identificar qué estaba produciendo la crisis en ciernes.

Quizás, sin advertirlo, los dos líderes liberacionistas terminaron dándole la razón a Rodríguez en su polémica con Oduber.

Guerra de modelos. A inicios de la década de los ochenta, ocurrió lo que Enrique Benavides llamó la guerra de los modelos y lo definió como un debate producido por “las tentativas contradictorias” de la administración “por adoptar un modelo ecléctico, que tuviese de todo, tanto ingredientes liberales (…) como intervencionistas y paternalistas, más algunas dosis de democracia cristiana”.

El 10 de febrero de 1980, el expresidente Daniel Oduber (1974-1978) publicó en La Nación un artículo en el cual sostuvo que Carazo puso en ejecución un “nuevo modelo económico”, que buscó el “debilitamiento progresivo de la acción del Estado y el fortalecimiento consecuente de un grupo pequeño del sector privado en la dirección de la economía nacional”.

Responsabilizó a ese modelo de la “ruina de la producción y el fortalecimiento de la especulación” y “de los problemas generales de la economía” costarricense.

Miguel Ángel Rodríguez, uno de los mejores economistas en aquel momento, enfrentó a Oduber al indicar que el modelo que atacaba no se había puesto en práctica aún y lamentó que el Partido Liberación Nacional fabricara “espantapájaros endebles y fáciles de atacar ante su impotencia frente a la racionalidad y congruencia del modelo neoliberal”.

Rodríguez hizo hincapié en que en 1979 se analizó el modelo liberacionista y los problemas que originaba en la economía. Señaló al gobierno de Oduber como el responsable de la crisis, debido a su “adoración” por el Estado empresario y a la creación y alimentación de “elefantes blancos” a partir del financiamiento de Codesa.

Se quejó de haber desaprovechado “la bonanza extraordinaria de los precios del café de 1975 a 1977” para bajar los pasivos y, por el contrario, en el periodo 1974-1978 más que se duplicó la deuda externa.

En abril de 1980, Rodríguez exigió acciones porque, en el explosivo contexto centroamericano, la violencia podía aparecer también en nuestro país.

Reformas. La posición de Oduber, de identificar la crisis como el resultado de las políticas de “los muchachos de Chicago” y del gobierno de Carazo, tenía por trasfondo un interés político en la temprana carrera electoral hacia las elecciones de 1982. Por supuesto, el PLN explotó la crisis en su propaganda para identificarse como el único partido capaz de salvar al país.

Aunque era un tema difícil, al confrontarlos, la Unidad y su candidato Rafael Ángel Calderón presentaron como necesaria una reforma tributaria y como prioridad racionalizar el gasto público e insistieron en poner en marcha una reforma neoliberal. Luego, la propaganda calderonista afirmó que “la crisis se engendró en los gobiernos de Liberación y dio a luz en el gobierno de Carazo”.

Luis Alberto Monge ganó las elecciones y al tomar el poder se percató de que debía enfrentarse con la realidad: salir de aquel terrible bache significaba reformar estructuralmente el modelo de Estado construido por sus antecesores liberacionistas.

En abril de 1983, José Figueres, en una entrevista para un medio local, manifestó que la situación económica tan delicada llevaba al país a experimentar reformas. Óscar Arias diría cosas parecidas unas semanas después.

Quizás, sin advertirlo, los dos líderes liberacionistas terminaron dándole la razón a Rodríguez en su polémica con Oduber.

El autor es historiador