Pablo Carrillo Calderón. 16 julio

Preparándome para ser un profesional, me he dado cuenta de lo difícil que es escoger una carrera. He pasado por el camino que pocos desean.

Es el camino de haber cursado dos carreras para terminar en una tercera que es la correcta, a mi parecer. Las decisiones a tan temprana edad difieren muchas veces sobre la verdadera finalidad que buscamos de la vida cinco, diez o quince años después.

¿Es difícil esperar hasta los veintitantos para de verdad estar seguros de la forma como queremos contribuir al mundo? Combinado con el dilema actual, que ha generado huelgas en el sector educativo, refleja la incertidumbre oscura que ahoga un futuro prometedor.

No sigan corrientes por seguirlas, difieran de puntos de vista si es necesario, y hagan lo que les apasione.

Además de la carga pesada que tienen sobre sus hombros los estudiantes de secundaria, se les imponen medidas sin su consentimiento. No estoy a favor de cambios en la educación en nuestro país si no hay voz de quienes serán los afectados directos, pero conociendo la verdad nítida de los alcances y límites de las modificaciones.

Los estudiantes deben participar. Eso sí, no hablo de más huelgas, no hablo de agresividad en las aulas para imponer los cambios sociales que caen en nuestro país de forma abrupta, sino de la aplicación realista que impone nuestra cultura, a nuestro tiempo.

El costarricense es lento, perezoso y en busca del menor esfuerzo posible. Por eso las calles duran una eternidad en ser terminadas, las huelgas son indefinidas, los trámites para concesiones ni que decir, y así un sinnúmero de situaciones que nos definen.

Odiamos ser enmarcados en estas “grotescas” definiciones (cercanas al Jardín de las delicias, del Bosco), pero es la realidad. El “yo” interior se sobrepone al “nosotros”. Por ende, está claro que todo girará en torno a ese círculo vicioso y tan perjudicial.

Decía Immanuel Kant en su libro Sobre la paz perpetua: “La ausencia de hostilidades no representa una garantía de paz”.

Se siente un estrés colectivo acumulado, en el cual pan y circo es la única arma con la que cuenta el Estado para disminuirlo. ¿Será Costa Rica tan pura vida como dice el eslogan internacional?

En edades tempranas, todos queremos ser bomberos, policías... pero ¿cuándo crecemos? El desencanto nos invade. Para yo escoger la carrera que curso actualmente, tuve que salir de mi burbuja costarricense y viajar a Alemania para darme cuenta del pueblo donde vivo, y, ¡claro que estoy orgulloso de ser costarricense!, pero me queda claro que la resiliencia no nos define.

Nuestro país va a ritmo lento. Por lo menos hagamos que esos pasos sean consecuentes con los valores que nos definen. Estudiemos carreras por pasión, por vocación y por deseos de superación. No pretendo limitar la búsqueda del dinero y sus gratificaciones añadidas, pero que esta sea una finalidad accesoria, no principal.

Un último consejo: estudien, muchachos, instrúyanse en materias que los apasionen porque en el futuro, además de los seres humanos, las máquinas nos harán la competencia, y por lo menos debemos contar con una diferencia sustancial como podría ser el fundamentar nuestro actuar al defender nuestros derechos y pensamientos.

No hay peor mal que un pueblo desinformado y carente de deseo de superación. Costa Rica puede cambiar; sin embargo, necesita de todos. Por eso, no sigan corrientes por seguirlas, difieran de puntos de vista si es necesario, y hagan lo que les apasione.

El autor es estudiante de Derecho y tiene 23 años.