Raúl Silesky.   2 septiembre

La discusión nacional e internacional sobre las llamadas fake news ha llevado a análisis valiosos que responden a ciertas interrogantes. Las informaciones con contenido falso inspiran sorpresa y disgusto y por eso se difunden más. En los meses previos a las pasadas elecciones norteamericanas, hubo más interacciones con noticias falsas en Facebook en Estados Unidos que con verdaderas. Ese es solo un ejemplo.

Además, producto de esa amplia discusión y análisis hay una especie de industria detrás, de modo que se encuentren personas y organizaciones interesadas, por razones diversas, en difundirlas. Los gobiernos autoritarios o las agrupaciones populistas, por ejemplo, promueven este tipo de contenidos.

No se debe esperar que los políticos y los jueces impulsen excesos de reglas para corregir este fenómeno porque probablemente eso afectará la libertad de expresión.

Doble filo. Existe, también, una conclusión mayoritaria de que, así como la tecnología es un factor clave en su diseminación, también lo es en la solución del problema. Hay proyectos interesantes, pero insuficientes, como el Trust de Google. Las grandes empresas tecnológicas deben actuar más, lo que incluye dejar de premiar los contenidos falsos que se viralizan.

El entendimiento profundo de las pautas de consumo de esos contenidos también debe ser parte de la solución. Precisa profundizar sobre este tema en particular. Los receptores consumen contenidos falsos sin una mirada reprobatoria o analítica hacia quien los envía. Hay poco entendimiento social sobre el impacto negativo de ese contenido.

Es fundamental que haya una tarea consistente de educación, en el marco de grandes campañas de concientización y programas de alfabetización en escuelas y en el hogar, para que se comprenda que compartir ese material nos afecta a todos; perjudica nuestra convivencia y daña la democracia.

Responsabilidad. Los medios de comunicación también son parte de la concientización. La calidad de su contenido debe ser una receta continua frente a la dañina información falsa. En buena medida, el contenido sensacionalista de algunos medios comunicativos ha usufructuado de ese consumo.

Los esfuerzos para comprobar datos son altamente valiosos y contribuyen con la enmienda. De igual forma, la precisión de los contenidos periodísticos es muy positiva al señalar la fuente de la información y el autor del contenido, incluso la fecha de creación de la pieza.

No se debe esperar que los políticos y los jueces impulsen excesos de reglas para corregir este fenómeno porque probablemente eso afectará la libertad de expresión. Pero la tarea de educación masiva es, sin duda, una responsabilidad fundamental del Estado y de todos los actores sociales que defienden la democracia.

Se trata, en resumen, de atacar la desinformación con calidad informativa.

El autor es presidente del Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (Iplex)