Álvaro Apéstegui Barzuna. 18 octubre

Los medios de comunicación nos han enterado sobre el reciente traslado de una de las empresas emblemáticas de San José, la librería Lehmann, sitio de encuentro de toda persona sedienta de conocimiento durante décadas, no solo porque su principal negocio es la venta de libros, sino también porque el viejo edificio generaba un ambiente propicio para la tertulia, donde las diferentes generaciones aprendían sin distingo de clase.

Me sorprendió, de igual manera, conocer que nuestra pequeña Costa Rica participó en un acontecimiento histórico tan lamentable como la Segunda Guerra Mundial, aunque no en el conflicto armado, propiamente, pero sí mediante maniobras en contra de los ciudadanos de los países involucrados.

Durante mi larga carrera como microbiólogo, tuve la oportunidad de conocer mucha gente interesante e importante, como mandatarios, políticos, actores, cantantes, profesionales y un sinfín de personas que hicieron de mi ejercicio profesional toda una experiencia de vida, una escuela donde aprendí a conocer y a aquilatar las diversas conductas humanas, especialmente de aquellos en condición de fragilidad y vulnerabilidad al saberse enfermos.

Entre las remembranzas que más me afectaron, y atesoro, está la que voy a relatar, pues describe a alguien a quien no tuve la dicha de conocer bien, dada su muerte prematura o, más bien, debido a mi niñez: mi abuelo paterno.

Don Kuno. Un paciente llamado Kuno Becker, de origen alemán, llegaba con cierta frecuencia a mi laboratorio acompañado de la esposa. Ambos, de modales exquisitos y gran educación.

Después de muchos años de conocerlo, un día, don Kuno me preguntó: “Álvaro, ¿usted sabe quién soy yo?”, a lo cual yo, confundido, contesté: “Don Kuno Becker, una persona muy respetada por mis colegas y por mí, por supuesto”.

El me respondió, entonces:”¿Nunca le han hablado de mí en su casa?”. Yo, más confundido aún, le dije: “No, señor. No, que yo recuerde”. Fue cuando don Kuno, con una sonrisa bonachona me pidió sentarme para contarme su historia.

“Como usted sabe, durante la Segunda Guerra Mundial, a los alemanes nos enviaron a campos de concentración y confiscaron todos nuestros bienes. Los alemanes, como los italianos y japoneses, independientemente de que hubiesen nacido en territorio costarricense o no, traspasaron sus propiedades y negocios a algún amigo de confianza para evitar que les fueran arrebatadas sus posesiones.

”Yo lo hice también. Le traspasé mis pertenencias a su abuelo, Otón Apéstegui, quien era mi íntimo amigo.

”Cuando terminó la guerra y pudimos volver a nuestros hogares, su abuelo se presentó en mi casa, que para entonces era de él, creo que con su papá, y no solo me devolvió todo lo que le había confiado, sino también los intereses ganados durante ese tiempo. Su abuelo fue el hombre más honesto que he conocido en mi vida”.

Nieto orgulloso. Me embargó un profundo orgullo, cargado de emoción, admiración y ternura hacia mi abuelo, a quien, por otra parte, conocí como una persona triste y callada, generosa y cariñosa con sus nietos, pero reservada y meditabunda, producto de la muerte prematura de mi abuela, pérdida de la que nunca se repuso, y yo no era capaz de entenderlo por mi inmadurez de niño.

A la vez, sentí que mi amistad con don Kuno acababa de adquirir otra dimensión. Nos abrazamos sin hablar. Las palabras no eran necesarias, solo pude balbucear un tímido: “¡Gracias por contarme esa historia!”.

Don Kuno falleció hace ya bastantes años, pero su recuerdo sigue fresco en mi mente, y mi admiración por mi abuelo Otón crece al rememorarlo.

Cierto día, hablando con mi padre, le pregunté por qué nunca me contó esa historia, y respondió: “No consideré necesario hacerlo; era lo que correspondía hacer, no significó nada fuera de lo común. Cualquiera habría hecho lo mismo. Así fuimos educados, la lealtad y la amistad no se traicionan; son valores fundamentales, violarlos habría sido una afrenta al honor, la amistad y la palabra empeñada”.

Creo firmemente que esa es la Costa Rica que debemos rescatar; la de los valores, la vergüenza, el respeto a lo ajeno y la del orgullo de ser honestos.

El autor es microbiólogo.