David Díaz y Víctor H. Acuña. 10 mayo

El 20 de agosto de 1919 el Congreso costarricense aceptó la renuncia a la presidencia presentada por Federico Tinoco una semana antes. Rumbo a su autoexilio en París, Tinoco, es cierto, dejó una estela de intrigas, interpretaciones e historias.

Tinoco abandonó un país que había gobernado con despotismo, puño de hierro, reprimiendo, encarcelando y derramando sangre. No solo fue el último dictador costarricense, sino la más feroz expresión de ese concepto en este país.

Dictaduras incomparables. Las dictaduras del siglo XIX no fueron tan calamitosas ni tan sangrientas como la de 1917-1919. La de Braulio Carrillo (1838-1842) fue fundamental para el desarrollo de un aparato legal y jurídico que sentó las bases de la institucionalidad estatal del país.

Si bien los gobiernos de Juan Rafael Mora Porras (1849-1860) expresaron muchas veces autoritarismo y nepotismo, quedaron muy distantes de parecerse a una dictadura.

La dictadura de Tomás Guardia (1870-1882), más allá del control, representó un punto fundamental de ruptura con el despotismo oligárquico de los barones del café y los intentos por profesionalizar la clase política del país. Es decir, Guardia intento vacunar el poder de gente con mero dominio económico.

Es cierto que el cierre del Congreso por José Joaquín Rodríguez (1890-1894) fue un golpe a la división de poderes y sentó las bases para los gobiernos autoritarios de Rafael Iglesias (1894-1902). También es verdad que este último persiguió a varios de sus enemigos políticos y hasta planificó formas de represión, pero ninguno de ellos experimentó levantamientos sociales continuados, ni son recordados por la violencia con que actuaron contra la población.

Los ulatistas, y luego los liberacionistas, tildaron de dictadura los gobiernos del partido Republicano Nacional del periodo 1940-1948, pero esa calificación no pasó de ser una forma más de la oposición para levantar los ánimos contra dos gobiernos que fueron elegidos en las urnas y que se desempeñaron con cierta civilidad, en el marco institucional costarricense.

El dictador. La de Tinoco, al contrario, fue una dictadura que cometió crímenes que resuenan en el tiempo, entre los que se cuentan el asesinato, el 15 de marzo de 1918, de Rogelio Fernández Güell, Ricardo Rivera, Joaquín Porras, Jeremías Garbanzo, Carlos Sancho y el maestro Marcelino García Flamenco.

El centenario del fin de esa dictadura amerita intercambios académicos de cara a la opinión pública.

Tinoco no solo llegó a la presidencia por el desconocimiento de su antecesor y del orden institucional, sino que luego de eso creó todas las bases para ganarse el odio popular, representado muy bien en las movilizaciones de maestras, profesores y estudiantes que le prendieron fuego a su caja de resonancia oficial: el periódico La Información, en junio de 1919.

Repensar la dictadura. El régimen de Tinoco ha encontrado tanto aduladores como críticos acérrimos entre aficionados y algunos historiadores de la vieja guardia. Los historiadores profesionales sabemos que la función social de nuestra disciplina es intentar atenerse a los datos y formular interpretaciones razonadas, más allá de simpatías o antipatías.

Por eso, el centenario del fin de esa dictadura amerita intercambios académicos de cara a la opinión pública. Silencio, olvido o usos políticos en cualquier sentido no sirven de nada para pensar ese momento de quiebra y descomposición del régimen republicano costarricense. Nuestra democracia actual, necesitada de reinventarse, lo exige.

Los autores son historiadores.