Hermann Güendel. 17 febrero

Nuestro espíritu ha de generar, en el escenario de su época, la aparición de una reflexión sensata y capaz de acallar el aturdidor vocerío por el cual el más burdo se apresura a actuar antes de pensar en las implicaciones de sus actos.

Las épocas se expresan en acontecimientos y se componen de conductas humanas, lo que hacemos fundamenta lo que vivimos. Es aquí donde se muestra cuán lejos estamos del buen vivir, de la buena compañía y el elegante convivir. Por ello la negación del derecho a existir se impone como justificación de quien se arrastra detrás de como vive. Nos insulta la época con la pretensión de quien cree tener derecho al aborto, por tener derecho sobre su cuerpo.

Efecto de la reivindicación igualitaria de la mujer, derivó con los años en una actitud hacia su sexualidad, la que lejos de emanciparla de la sumisión de género, la redujo a simple portadora de genitales, fantasía corporal de quien no la considera distinta de una meretriz pública.

De esa reducción a la genitalidad, se desarrolla entonces el ideal feminista de la propiedad sobre su cuerpo. Autoengaño de alguna conciencia desencantada, supone una individualidad ermitaña. Pues solo así lo que se haga con el cuerpo es de exclusiva incumbencia, y no asunto de esos otros que a su lado la aman, estiman, o al menos sienten piedad por ella. Ni aun en el anonimato estamos solos. Siendo siempre en comunidad, no encontramos usualmente a alguien que nos es próximo. Aun quien no lo merece tiene a alguien que se preocupa por él. Así, aquel pretender de la íntima incumbencia personal sobre corporalidad es solo un discurso de ocurrentes. Más aún si ese cuerpo contiene una criatura.

En el embarazo acontece una peculiaridad ontológica, el ser se desdobla en los límites de un ente. Se constituye en dos, con igual estatus, pero de distinta condición, pues uno es persona humana; el otro, aún no.

Ser humano. ¿Cuándo ese embrión deja de ser una masa de células y pasa a ser humano? Cuando la burda materia asume la inteligibilidad orgánica de la forma del hombre. Es justo ahí cuando debemos exigir para él un tratamiento digno a quien es criatura superior a la bestia.

Por ello no se pude hablar por quien aún no lo hace, pues ante la disyuntiva entre ser o no ser, nuestro espíritu, en el recurso de sus facultades, escogería siempre existir. Solo la hospitalidad del anfitrión es apropiado a quien incuba. No puede argumentar que es asunto de su cuerpo, pues el no nato ya es otro.

La madre tendrá derecho sobre su hijo, pero la mujer no lo tiene sobre el feto. Él no es suyo. Pese al desprecio de quien lo incuba, él es propiedad de la humanidad. El no nacido es responsabilidad de la especie. No es argumento aceptable a favor del aborto, la concepción accidental, o forzada, incluso inapropiada o a destiempo.

Asunto de mujeres. La preñez es afirmación culminante de la sexualidad de la mujer, no de su sumisión, o de su reducción a poseedora de genitales. No entiende la que afirma su supuesto derecho al aborto que ella es portadora de vida, no su negación. No entiende que esa alma encerrada dentro de ella es ofrecimiento de amor y convocatoria a ser amado.

Si lo desprecia, ofrezca su prodigio a quienes la naturaleza se lo niega. ¿Acaso abortar le entrega libertad? ¿Acaso le garantiza alcanzar sus expectativas? ¿Cómo pretende tener certidumbre sobre su futuro, si solo lo hay sobre lo que se vive en el presente?

La única verdad que se cuela tras el aborto es que causará problemas de especie. Ha de renegarse de esa barbarie, antes que barbarice la vida.

El autor es filósofo, catedrático de la UNA.