Leda Muñoz. 1 agosto

Suman ya varias décadas desde que las tecnologías digitales entraron a las escuelas del mundo. Sin embargo, no ha ocurrido ningún milagro: la educación, a 18 años de iniciado el siglo XXI, sigue siendo muy parecida a la de nuestros abuelos y bisabuelos hace más de un siglo.

La invención de tecnologías es parte de lo que el ser humano hace para adaptarse al medio donde vive.

Los nuevos tiempos reclaman docentes capaces de escapar del papel rígido de transmisor y aprovechar las tecnologías para estimular e inspirar en los estudiantes la capacidad de pensar, aprender y crear

El escritor Nicholas Carr las clasifica en cuatro grandes grupos: instrumentos que aumentan nuestra capacidad física, por ejemplo, en la agricultura; herramientas que amplían nuestros sentidos, como el telescopio; tecnologías que nos permiten cambiar la naturaleza, como las semillas genéticamente modificadas; y herramientas que aumentan nuestra capacidad intelectual, como las tecnologías digitales. En todos los casos, el uso define su alcance. Las tecnologías son, en ese sentido, neutras.

La introducción en las escuelas se ha dado en un modelo en el cual el transmitir y recibir información pasivamente ha dominado la actividad en los salones de clases. Las razones por las cuales el sistema educativo asume ese modelo son varias. Una primordial fue el compromiso de alfabetizar a todos los niños y jóvenes, lográndolo en gran parte mediante la estandarización y masificación. No obstante, el conocimiento científico evidencia que ese modelo educativo no facilita el proceso mediante el cual el ser humano aprende, comprende y crea.

Tiempo mal empleado. ¿Qué sentido tiene para las nuevas generaciones escuchar pasivamente durante 200 días lectivos esa transmisión de información cuando, mediante un clic, tienen una enciclopedia tan amplia y actualizada como ninguna antes y un procesador de números, imágenes y palabras que permite hacer cosas como no habíamos ni imaginado? Ningún sentido: ni la información es completa ni la más actualizada ni adaptada al conocimiento individual de cada estudiante, ni presentada necesariamente de la mejor manera.

Si limitamos el uso en el aula de computadoras, tabletas y celulares inteligentes para sustituir el libro o la pizarra con la misma dinámica didáctica de antes, los resultados educativos serán los mismos.

¿Qué diríamos de una sala de cirugía donde la tecnología se use para sustituir exactamente la misma función que antes se hacía sin ella, por ejemplo, entre un bisturí y un rayo láser, cuando el segundo puede hacer muchas cosas más? Cabe preguntarse, ¿cuánto ha cambiado una sala de cirugía en 100 años? ¿Cuánto ha cambiado un aula?

Lo cierto es que las nuevas generaciones están aprendiendo cada día más fuera del salón de clases, donde la curiosidad y el interés se encienden. Las nuevas tecnologías han transformado las posibilidades de este aprendizaje ubicuo, y los estudiantes lo están entendiendo y aprovechando, pero sienten que pierden el tiempo en la escuela, y son muchos los años que pasan ahí.

Colibrís. Las nuevas generaciones usan las tecnologías para navegar de sitio en sitio como un colibrí recorre un jardín, y sus estructuras mentales se desarrollan a partir de ese patrón, caracterizado por ser “superficial”.

Los estudiantes cuentan con pocos elementos para interpretar y discernir la información a la que tan fácilmente acceden. Tampoco están desarrollando la comprensión de los conceptos fundamentales que cada disciplina posee. No están estimulando el pensamiento profundo que se adquiere mediante el análisis y la reflexión, el cual promueve la creatividad y la verdadera comprensión de las cosas.

Paradójicamente, la tecnología puede ser una gran aliada para resolver esa situación y, como dice el biólogo James Zull, es obligación de la educación llenar la gran brecha dejada por la tecnología cuando no se aprovecha como instrumento para pensar.

Los nuevos tiempos reclaman docentes capaces de escapar del papel rígido de transmisor y aprovechar las tecnologías para estimular e inspirar en los estudiantes la capacidad de pensar, aprender y crear. Es una oportunidad para el maestro de embarcarse en una práctica mucho más vivificante y enriquecedora.

Podría ser la ventana por donde recuperar aquel prestigio especial que tenían los docentes en la sociedad del siglo pasado, fortalecer la satisfacción del ejercicio profesional y ofrecer una educación atractiva para las nuevas generaciones, capaz de retenerlas en el aula, captar su curiosidad y promover el desarrollo de sus talentos. Una fórmula realmente ganar ganar.

La autora es directora ejecutiva de la Fundación Omar Dengo.