22 marzo, 2016

¡Hasta el Papa aparece en selfis! Esta práctica no es rara en nuestro tiempo, pero sí es una manifestación de un fenómeno nuevo. El estallido de los selfis debe, necesariamente, tener una connotación social que está en directa relación con la construcción de la identidad. De otra manera no se podría explicar su gran popularidad.

No parece que este fenómeno sea susceptible de explicaciones simplistas. No basta con decir que el selfi ha sido posible por la innovaciones tecnológicas recientes, su origen tiene que ser rastreado en otros comportamientos sociales anteriores que tienen que ver con la publicación de una imagen social.

Las primeras opciones que vienen a la mente son el retrato pictórico y el fotográfico. Estas dos manifestaciones son muy diferentes, como ya Walter Benjamin ha explicado con anterioridad. Las masas tuvieron acceso por primera vez a lo que estaba reservado a una élite con la invención de la fotografía: la exhibición de la propia imagen a otros, diseñada, escogida y ofrecida de acuerdo con los propios gustos, intereses o convenciones sociales.

No por casualidad muchas de las grandes obras pictóricas son retratos de gente que pagaba bien a los grandes maestros para inmortalizar un momento. Estas obras están llenas de belleza, maestría y delicadeza, pero también de ideología, de mensajes transmitidos por las imágenes acordes con los sistemas de jerarquización social imperantes.

Estos retratos nos ayudan a descubrir las maneras de pensar y de entender el mundo en sociedades del pasado. Pero ¿qué hay de las fotografías antes de la era digital? Podríamos decir que la lógica es la misma, aunque sin la arrogancia de los que por poder y riqueza podían hacer alarde de obras de arte.

En las fotos anteriores a la era digital vemos objetos, poses, objetivos, vestidos, rostros que nos hablan de diversas posiciones ante la vida. En las primeras fotos, la pose era importante, porque el costo implicaba hacer un gran sacrificio. Poco a poco el precio se hizo asequible a muchas personas y comenzó a fotografiarse la vida ordinaria.

La fotografía se convirtió en un objeto de consumo para la clase media. Así entró un poco de flexibilidad e informalidad en lo que aparecía en la fotografía. El ideal era fotografiar la alegría, el éxito, el disfrute de aquellos que habían tenido suceso. Había poses, pero menos melodramáticas, porque sonreír y mostrar aspectos de la cotidianidad disfrutada, era importante.

Esa cotidianidad después pasó a ámbitos de la vida no tanto alegres, como la tragedia, el luto, la muerte, la destrucción, la pobreza y la guerra. El uso de la fotografía en la difusión de noticias marcó una nueva etapa en su desarrollo, nacía el testimonio de las imágenes que pretendían ser una captación de lo real.

Apareció, en este momento, el gusto por la foto con contenido: aquella que expresaba mil mensajes dirigidos a la conciencia, que no tenía necesidad de la palabra. Este tipo de fotografía pretendía ser humanista, contemplativo de la naturaleza, inquietante por la belleza o impacto dramático de las imágenes.

De allí se pasó a la captación de los momentos bellos o significativos, que evocasen un hálito de trascendencia. La fotografía tendió a buscar el instante fugaz, lo que no volvería a repetirse, la unicidad de la belleza. Se pretendía hacer de la estética fotográfica un momento de reflexión sobre la profundidad de la vida.

Mensaje. El proceso de evolución no se detuvo, pero todavía hoy podemos encontrar usos que refieren a cada una de las etapas de evolución de la fotografía. Podemos distinguir con facilidad sus estilos y propósitos, no solo porque algunas son a color y otras en blanco y negro.

Percibimos el mensaje de la fotografía de manera inmediata, porque hemos crecido con ella. Pero en la era digital tomar fotos no es costoso de por sí, ni implica cargar con pesadas máquinas o comprar una película que tiene que ser revelada después.

Sacar miles de fotos o una sola no tiene importancia, cancelar novecientas tampoco lo tiene. Somos dueños de lo que podemos captar instantáneamente en el tiempo y con un clic salvarlo o anularlo. Por eso, es pertinente preguntarse qué sentido tienen los selfis hoy. Una respuesta parece imponerse, inmortalizar el momento presente vivido por un yo que se quiere publicar.

A diferencia del retrato, que intenta definir una interpretación de la esencia de una persona (aunque medien intereses políticos o sociales), el selfi no pretende transmitir un mensaje duradero, su propósito es testimonial y efímero: circunscribe al individuo en una situación, lugar o ambiente. Por eso, en el selfi se encuadran en primer plano el protagonista y sus compañeros, y, en segundo, las circunstancias en las que se encuentran.

La relación entre circunstancia y protagonista no es el centro de atención, lo es la presencia del protagonista lo que determina la signifación de todo lo demás.

El selfi tiene como lugar privilegiado de publicación las redes sociales y este hecho agrega algo nuevo a la significación de la fotografía: la inclusión de un mensaje escrito u oral explícito que la acompaña.

Este mensaje no es una mera descripción de lo que se ve, sino de la percepción subjetiva de las razones por la cuales se ha hecho esa toma fotográfica. De esta manera, la imagen y la palabra se entrelazan, se complementan y se determinan. Como el centro de la fotografía es la imagen de la persona que realiza el selfi, el contexto cede su paso a la importancia de la emoción que suscita en el protagonista su circunstancia.

Narcisismo. ¿Qué nos dice esto de nuestra sociedad? No hay duda que se está creando una nueva percepción de la objetividad: lo que cuenta es aquello que la circunstancia en la que se está suscita en la subjetividad emocional del protagonista.

Los selfis, por tanto, son mensajes con un fuerte componente narcisista, que era mal visto hasta hace pocos años, pero que ahora se ve como un valor. Con todo, este uso del selfi es reflejo de un deseo que estaba oculto desde hace mucho: la posibilidad de expresión de los éxitos reconocidos subjetivamente.

Hemos vivido por largo tiempo en una sociedad que esperaba el reconocimiento ajeno como signo de autenticidad. Ahora, el reconocimiento es autoconcedido y publicado como válido y verdadero. Por ello, la objetividad, entendida como distancia de lo que es percibido o comprendido, desaparece para transformarse en percepción subjetiva.

Esta manera de enfrentar el mundo trae consigo consecuencias importantes para todos los ámbitos de la sociedad, desde el político hasta el simbólico.

Una estructura, una institución, una empresa, una ley o una organización comenzarán a tener sentido solo en la medida en que afecten positivamente el sujeto, si no pierden significación y relevancia.

De allí que todo aquello que se consideraba “objetiva construcción social” dependa cada vez más de lo opinable. Muchas instituciones o leyes perviven porque los sujetos reconocen su validez, pero basta una cadena de mensajes negativos para que la percepción colectiva cambie.

Lo que resulta interesante es que también los órganos de difusión de la opinión institucionalizados (es decir, periódicos, noticias en televisión o radio, boletines oficiales de organizaciones sociales, entre otros) no parecen ser tan efectivos como un selfi en las redes sociales.

Tal vez la razón se encuentre en el hecho de que en un selfi la identificación del receptor del mensaje sea más directa y sentida, más cercana a la realidad subjetiva de cualquiera.

No hay duda de que esta manera de sentir y de pensar representa un grave reto para la construcción de un futuro compartido.

El autor es franciscano conventual.