29 octubre, 2017

Por mi aprecio a la libertad, siempre he tenido enorme preocupación por el ejercicio del poder. La diferencia es que antes el daño causado por el poder en quienes lo detentan se deducía de la evidencia histórica, y ahora hay evidencia científica que lo demuestra palmariamente.

La enseñanza histórica de que las personas con poder abusan de él con mucha frecuencia la expresó como nadie el pensador católico Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Precisamente por eso, el genio de la democracia como un Estado de derecho se asienta en controles y limitaciones al ejercicio del poder: división de poderes, asignación de competencias, derechos humanos y su defensa internacional, respeto a la constitucionalidad y a la pirámide normativa, debido proceso, revisión judicial de las potestades administrativas, control político del Parlamento, libertad de información.

Los riesgos del poder son tales que abundan las experiencias de quienes llegan con buenas intenciones y luego sucumben a su embrujo. Albert Speer narra desde su celda en su libro El Tercer Reich visto desde dentro, como el afán de ser arquitecto de los monumentos nazis lo llevó gradualmente hasta el extremo de dirigir cruelmente, como ministro de Armamento, el trabajo esclavo de quienes en las fábricas de armas esperaban su futuro exterminio en los campos de concentración.

La ciencia viene ahora en apoyo de la enseñanza histórica. The Atlantic publicó en agosto el artículo “El poder causa daño cerebral”, de Jerry Seem, que, respetuosa pero enfáticamente, recomiendo leer a todos los candidatos a puestos de elección popular, y a quienes sean designados para funciones de alta jerarquía en el próximo gobierno.

Experimento. Veinte años de experimentos en laboratorio y en el campo, conducidos por el profesor de sicología de UC Berkeley Dacher Keltner mostraron que las personas con poder actúan como si hubiesen sufrido un trauma cerebral y se tornan más impulsivas, pierden la percepción del riesgo y la capacidad para percibir los puntos de vista de las demás personas, nos dice el autor.

Desde otra área de investigación, la neurociencia, el profesor Sukhvinder Obhi de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, señala algo similar. El poder afecta la capacidad cerebral de “reflejar”, o sea, de reproducir en nosotros los sentimientos de los demás y que permite a una persona orientarse por ellos.

Dicha capacidad activa en la persona que está en presencia de otra, la parte del cerebro que efectuaría la acción observada emula interna e inconscientemente la conducta ajena. Si se pierde esta habilidad, la persona solo percibe sus propios sentimientos y pierde la capacidad de sentir empatía (¿suena familiar con la forma en que muchos ejercen el poder?).

Reducción. Esto se ha comprobado con muchos experimentos que indican que el poder reduce la habilidad para entender cómo las demás personas ven, piensan y sienten, como señalan algunos conducidos por el profesor de la Escuela de Administración Kellogg, Adam Galinsky (y sus coautores).

Este efecto del poder se agrava por la conducta de las personas cercanas a los poderosos. Estas personas tienden a imitarlos, y su actitud ayuda a quienes detentan poder a perder la empatía frente a terceros.

El “síndrome de la arrogancia” o “enfermedad del poder” es definido por el neurólogo inglés David Owen y el profesor en la Escuela de Psiquiatría y Ciencia de la Conducta de la Universidad de Duke Jonathan Davidson como “un desorden causado por el ejercicio del poder, especialmente poder asociado con gran éxito, y ejercido por años sin límites severos a su ejercicio”.

Las manifestaciones clínicas de este síndrome incluyen: desparpajado desprecio por los demás, pérdida de contacto con la realidad, actuaciones imprudentes y temerarias y exhibición de incompetencia.

No es suficiente tener conciencia de que el poder puede causar daños cerebrales para evitar sus consecuencias. Pero, claro que es conveniente saber que se sufren esas consecuencias.

Owen recomienda a las personas con poder recordar con frecuencia sus vivencias cuando no lo tenían, leer la opinión de los ciudadanos corrientes y ver documentales sobre la vida de las personas sin gran poder.

Yo creo que en la vida pública es, además, esencial defender y perfeccionar las instituciones que controlan el poder para proteger a los funcionarios de sufrir esa enfermedad causada por el poder y, sobre todo, para evitar a los ciudadanos sufrir los efectos del “síndrome de la arrogancia“.

Hay que distinguir entre tareas técnicas poco discrecionales, sometidas a mucho control y en general ejercidas discretamente (como las de los jueces) y las que son más discrecionales y ostentosas.

En nuestra “civilización del espectáculo” (Mario Vargas Llosa) en la cual imperan el entretenimiento y el show, es preciso imbuir de mayor humildad a quienes ejercen tareas públicas discrecionales de gran visibilidad, diseñar controles institucionales que las limiten y restringir su ejercicio para que no se dé por períodos demasiado prolongados.

No olvidemos que el poder causa daño y enferma. Esto afecta nuestra libertad y nuestro bienestar. No solo el de los poderosos.

El autor es expresidente de la República.