Pablo Barahona Kruger. 11 octubre

Organizaciones internacionales que dejan impune el derribo de un avión civil al este de Ucrania con 298 personas no son el mejor ejemplo de funcionalidad a la que podamos aspirar.

Las mismas “entidades” que dejaron impune el uso de armas químicas en Siria contra la población civil, incluso en las inmediaciones de un hospital en Latamné, han quedado debiendo.

Una “sociedad” global que obvia la muerte de 3.000 migrantes africanos que intentan cruzar el Mediterráneo anualmente, sin que la dimensión de semejante tragedia humanitaria haya disminuido en los últimos cinco años —según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) adscrita a la ONU—, tampoco es que sea de admirar.

¿Cuáles son los carteles en Estados Unidos y quiénes son los capos?

Esa “comunidad” internacional preocupada –más no ocupada– por las causas antidemocráticas del éxodo venezolano que supone, ya no los “pillonarios” acurrucados en Miami, Nueva York, Ciudad de Panamá o Madrid desde siempre, sino los chavistas que hoy dan cuenta de haber aprendido aquel “ejemplo” de adecos y copeyanos inmisericordemente corruptos, por lo demás parteros del narco-Estado en que convirtieron aquel país, deja a la vista más preguntas que respuestas.

Una región que se desentendió –hasta que fue muy tarde– de un incremento del 900 % de migrantes venezolanos radicados en el resto de Latinoamérica, solo en los últimos tres años –también según la OIM–, no es que sea de aplaudir.

En ningún caso merece reconocimiento el multilateralismo que tolera sin actos contundentes que vayan más allá de la retórica diplomática ramplona, el patrón militarizante del poder civil exportado por Cuba; primero a Venezuela y después a Nicaragua.

Un “modelo para armar” adoctrinante que va cercenando progresivamente la oposición hasta erradicarla, destruyendo de paso toda capacidad productiva –sea pública o privada–, y no menos importante, intimidando sistemáticamente mediante gavillas paramilitares a los ciudadanos en los barrios y a los protestantes en las calles, copando toda la institucionalidad republicana hasta desaparecer todo indicio de separación de poderes, en cuenta el control jurisdiccional, y lo más grave por despótico: jugando con el hambre y la salud de la gente para someterla políticamente, ya no solo por miedo, sino por necesidad, es un “antimodelo” criminal y antidemocrático

El problema. “Organizaciones” globales o regionales que dejan pasar el lavado de activos provenientes del crimen organizado como si se tratara de una externalidad positiva, sin suscitar el debate serio y replanteador de la política fratricida contra el narcotráfico, impuesta por el norte al sur, sin reparar en que el problema no es la oferta tanto como la demanda; pero, más aún, sin denunciar la exportación de la guerra estadounidense contra las drogas que se libra siempre en otros territorios (los nuestros), que se van depreciando inevitable y progresivamente.

¿Cuáles son los carteles en Estados Unidos y quiénes son los capos? Es decir: Si Medellín tenía a Escobar, ¿a quién tiene Nueva York? ¿Acaso California, Chicago o Texas no tienen su Chapo, como Sinaloa tuvo el suyo? ¿Sigo preguntando?

Un archipiélago institucional de vocación planetaria como la ONU, que no logre concientizar, urbi et orbi, sobre el calentamiento planetario y logre frenar e incluso contrarrestar a tiempo el problema, conminando a las economías más industriosas como principales responsables del daño, y por tanto de la reparación, servirá de poco o nada a las futuras generaciones.

Los “sistemas” interestatales de derechos humanos que no estén suficiente y equitativamente financiados por todos sus miembros carecerán de la independencia y potencia necesarias para cumplir sus caros encargos. Tampoco lo conseguirán si antes no se desprenden de tantas gollerías burocráticas, concesiones a ONG y cálculos políticos progubernamentales, además de sesgos ideológicos de nuevo cuño.

Subdesarrollo. Que quede claro que toda ciudadanía que no exija educación de calidad y cultura edificante, democratización de la tecnología y universalización de la salud, todos como derechos humanos que posibilitan la cohesión social de nuestro tiempo, no es una ciudadanía digna de modernidad y continuará condenada al subdesarrollo.

Un latinoamericanismo insolidario a la hora de los balazos, que se silencia cuando Donald Trump blande su humillante discurso amurallando las relaciones multilaterales –y ya no solo su frontera sur–, un regionalismo que deja solo a México para que libre la que también debiera ser nuestra pelea por la dignidad de aquellos miserables que, obligados, migraron ilegalmente desde todos nuestros países, no es latinoamericanismo ni es regionalismo, es cobardía de lacayos. Es malinchismo. Un “orden” así es un desorden. El nuevo desorden mundial.

El autor es abogado, exembajador ante la OEA.