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El autoritarismo de las buenas intenciones

Vivimos en una era de enorme dificultad humana para transigir, saber estar en desacuerdo y aceptar que alguien no piensa como el otro

En la entrada de su diario, el 12 de mayo de 1938, la escritora británica Virginia Woolf, mientras esperaba la publicación de su libro Tres guineas, anotó que tenía miedo de las críticas «furiosas». No era para menos, pues sus publicaciones solían ser recibidas con gran odio.

Para darse ánimos, escribió: «Los perros pueden ladrar, pero no me morderán». Unos días después, el 30 de mayo, como una forma de lidiar con el terror que le producía la violencia de la crítica que la aguardaba, volvió a su diario: «Pero creo que puedo sentarme a verlas venir, como un sapo en un roble en medio de la tormenta».

La belleza y el dramatismo de las citas anteriores sirven para ilustrar la enorme dificultad humana para transigir, saber estar en desacuerdo y aceptar que alguien no piensa como el otro.

El problema parece traducirse cada vez más en un acting out, particularmente, cuando se llevan a cabo acciones concretas para fomentar el odio contra quienes piensen diferente, práctica que ha explotado, como lo saben muy bien ustedes, con el auge de las redes sociales y, principalmente, el anonimato que estas permiten, que en ocasiones se mezcla con la autoría pública como un espejismo para demostrar una supuesta verdad.

Y es que hay un hecho paradójico en las redes sociales: han promovido luchas y contribuido a posicionar como culturalmente mal vistos comportamientos sexistas, racistas y homófobos —con lo cual nos hemos vuelto mejores como sociedad—; sin embargo, también han facilitado a algunas personas, que dicen trabajar por una vida mejor, pero que detestan la oposición, imponer con espíritu dogmático y ego frágil su versión de la lucha.

Hablo en general de la gente opuesta «al sistema», y que se distinguen por criticar todo aquello que no salga de su propia iniciativa, incapaces de ver un logro en nada ni nadie, excepto el propio. Su mayor aporte será contribuir al encanfinamiento irracional y general contra ciertas figuras públicas o privadas. No hablo de la crítica sincera, razonada y propositiva que debemos hacer, sino del uso de eslóganes tirados así no más, para ver cuántos likes recogen.

Me refiero, en particular, a las personas que, tras alguna bandera de libertad, se comportan con una tiranía sorprendente, como si creyeran que la defensa es siempre contra alguien, y no por un derecho, o como si pensaran que defender algo les otorga una licencia moral para imponer su punto de vista e irse contra el cuerpo de quien no lo acepte.

Seres que diseñan etiquetas y las pegan en la frente de quienes se atreven a discutir sus ideas, con el propósito de atemorizar y callar. Un ejemplo es tildar de TERF (trans-exclusionary radical feminist) a una feminista, de reaccionario a quien critique a la izquierda o de chancletudo a quien la defienda.

Se les reconoce porque sus palabras están llenas de odio y su fin es fomentar el odio siempre contra alguien en particular, sea grupo o persona; también, porque no entienden algo sencillo: la libertad de cada quien termina donde empieza la de los demás, una idea clásica sobre la libertad, heredada del existencialismo.

Estos comportamientos probablemente tengan que ver con lo que la catedrática sueca Inger Enkvist señala en su crítica a algunas pedagogías educativas que dan prioridad a los sentimientos por sobre y en contra de la disciplina y el rigor del estudio bajo la guía docente, pues son comportamientos de quien desprecia el conocimiento y presupone que su visión de la vida es superior.

Parece que brincamos de la pedagogía del golpe y la anulación a una en la cual la disciplina del estudio es vista como tiránica, y se presume que lo mismo sabe un estudiante que un docente.

El autoritarismo, gravísimo, combina bien con quienes creen que debería haber una sola religión, un solo partido, una sola familia, pero no con quienes proponen un mundo más grande y libre.

Entonces, podríamos hacerlos un poco responsables de una doble moral, pero también de desperdiciar un medio (las redes sociales) y de desprestigiar a las ya impopulares luchas por los derechos humanos.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR.