René Jiménez Fallas. 6 marzo

¿Qué hacemos mal para no llegar aún al primer mundo tras casi 50 años de viaje? Plantear la pregunta de esta forma nos permite intentar una respuesta en los mismos términos, si presumimos que nuestro país es una nave cuyos viajeros constituyen el sistema de propulsión y tiene timón y brújula para seguir un rumbo preestablecido.

Nuestro buque es de diseño reciente, está en buenas condiciones y el capitán y parte de su tripulación son contratados por cuatro años para dirigir la nave hacia el destino acordado: el desarrollo.

Al final de los años 60, el buque navegaba por aguas tranquilas, con rumbo definido y seguro hacia el desarrollo, como se había hecho en décadas anteriores. Pero en los 70, los capitanes decidieron tomar otra ruta con el fin de acortar la distancia, y quedaron atrapados en medio de vientos fuertes, producto de dos poderosas corrientes que agitaban las aguas y presionaban al capitán a tomar una decisión: a babor o estribor –lado izquierdo o lado derecho de la embarcación–. El rumbo a babor escogido mantuvo la nave a la deriva durante toda esa década.

Durante los 80, la nave continuó a la deriva hasta que uno de los capitanes decidió girar a estribor, hacia aguas seguras, para ser rescatada y reparar los daños causados durante la malograda travesía y, además, con 20 años de retraso en la ruta hacia su destino.

Tiempo de cambio. A inicios de los 90, nuestra embarcación requería sustituir el viejo modelo de movilizar los pasajeros —cuya cantidad se había incrementado— por un moderno sistema de transporte masivo, rápido, económico y menos contaminante; sin embargo, ninguno de los siete capitanes al mando tuvo el coraje para cambiar su estado de confort por el de abnegación. Quizás debieron inspirarse en el general Tomás Guardia, quien hace casi 150 años había emprendido su colosal obra del ferrocarril interoceánico.

Nuestro barco es pequeño, de bajo calado y lleva una pesada carga: la enorme y costosa tripulación —propia de un lujoso transatlántico del primer mundo—, por lo cual peligra hundirse al exceder su capacidad, además de demandar un mayor esfuerzo de los viajeros que integran el sistema de propulsión, esfuerzo que resulta insuficiente para sacar la embarcación del encalladero, en el cual avanza muy poco desde hace varias décadas.

Da la impresión de que los últimos siete capitanes han subido a bordo, no para llevar la nave con prontitud a su destino, sino, más bien, para tener la experiencia de viajero y, para ello, es mejor tener una numerosa, fiel y muy feliz tripulación.

Lo anterior nos lleva a pensar en lo perverso de comparar nuestra embarcación con una antigua galera y los esclavos remando al servicio de una tripulación de estirpe.

Desde los 90, la nave presenta algunas estructuras dañadas o podridas y deben ser reemplazadas, hay varias columnas innecesarias y deben ser eliminadas. Los avances tecnológicos facilitan un expedito y más eficiente servicio, lo cual permite el traslado de una parte de la tripulación al sistema de propulsión de la nave, lo cual incrementará su potencia para salir rápido del atascadero y continuar el viaje.

La carta de navegación. Lo que nos hace falta es definir un plan de desarrollo que corrija las deficiencias del funcionamiento del Estado: demasiadas instituciones y funcionarios con salarios y pensiones elevados, lentos procesos de despido, monopolios obsoletos, infraestructura vial retrasada y transporte masivo arcaico, trámites, permisos y patentes que obstaculizan la creación de negocios, la calidad de la educación no corresponde a su elevado costo, etc.

No hace falta inventar el agua tibia para corregir el rumbo del país, existen modelos exitosos en otras naciones que podemos adaptar a nuestra realidad. Asimismo, debe ponerse límite a la tóxica presencia sindical en las decisiones políticas para avanzar hacia el desarrollo.

Esta sería la carta de ruta o acuerdo nacional con el compromiso de todos los partidos políticos de mantenerla vigente durante su eventual gobierno con el apoyo y control del Poder Legislativo.

En otras palabras, la carta de navegación no es trabajo para un capitán, sino para un almirante persistente y decidido a llevar con prontitud la nave por las aguas seguras a su destino: el desarrollo.

El autor es ingeniero.