5 octubre, 2017

La sociedad moderna acumula, dentro de sus muchos pecados, el del silencio. Lo vertiginoso de nuestro día a día y las múltiples ocupaciones asociadas nos hacen volvernos insensibles ante las injusticias, la mentira y la corrupción. Siempre que esos males no toquen a nuestra puerta, la mayoría opta por mirar para otro lado y que alguien más lo resuelva.

La memoria colectiva de los costarricenses acumula recuerdos de recientes escándalos de corrupción, pero en las últimas semanas, cual serie de Netflix, los episodios que exhiben escándalos, acusaciones y complots son entregados como estrepitosas bombas, sin que los ciudadanos de a pie, bicicleta, bus, Uber y hasta helicóptero, tengamos tiempo de digerir que somos parte de ese entramado que asemeja una serie de terror.

Un jefe de Estado, en su paso por el cargo público más destacado del país, es, en sí mismo, historia. Los más destacados líderes del mundo han trascendido los siglos por distinguirse; algunos por obras y acciones positivas, otros, por atrocidades y crímenes contra la humanidad. En el mundo jurídico y en el moral se puede ser culpable por obra o por omisión. El pecado del silencio y de la actuación parcial y calculada no le merece a ningún líder un lugar distinguido en el anaquel histórico.

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”, Cicerón. Queda por definir si el presidente de la República tenía o no conocimiento de la maraña de corrupción, pero eso no significa que se le exima de culpa inmediata.

La culpa del presidente no radica en haber confiado en sus amigos; triste sería el mundo si no pudiéramos confiar en los más cercanos. Su responsabilidad consiste en que, ante graves denuncias y pruebas, se mantenga a la distancia, como un extra que no incide en la trama, y se desvincula de los graves hechos denunciados.

Legado. Don Luis Guillermo, usted, como presidente de Costa Rica, pasará a la historia, y está en sus manos decidir cómo lo recordarán nuestros nietos. Una opción es como el presidente que se hizo de la vista gorda, que actuó para la cámara y enterró su cabeza como un avestruz, defendiendo a sus amigos y allegados mientras la institucionalidad y la confianza ciudadana se resquebrajaban.

La segunda, como el presidente que antepuso la patria y su responsabilidad ante el pueblo que confió en usted. Para esto es necesario que exija renuncias donde corresponde y no como medida mediática sin mayor impacto, que ordene investigaciones y no se escude en procedimientos que se llevan a cabo en otras instancias, y que demuestre que quiere pasar a la historia como el presidente que generó un punto de inflexión en los actos de corrupción en los que está inmerso el país al parar la impunidad.

Me veo obligada, como ciudadana, a recordarle sus propias palabras del 1.° de abril del 2014: “En este país no hay ‘responsabilidad política’, en países europeos el mínimo escándalo sería una renuncia del gobierno en pleno”.

Los escasos siete meses que quedan de su gestión pueden ser utilizados con fines nobles, para realmente pasar a la historia, no solo de Costa Rica, sino de la región.

Hago mías las palabras del escritor Pietro Metastasio: “Una audacia noble sirve de guía hacia las obras grandes”. Los costarricenses esperamos con ansias acciones que nos permitan recuperar la confianza en la institucionalidad.

Sorpréndanos, don Luis Guillermo, Costa Rica lo merece.

La autora es ingeniera industrial.