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Cuando el líder muere, el pueblo llora

Damos autoridad a quienes procuran un bien no solo para ellos mismos, sino también para nosotros

La finalidad es más importante que la magnitud del poder que se posea. Muchos lo adquieren, lo pierden, abusan de él, lo hacen funcional o inútil. Para qué y cómo se emplea es la verdadera cuestión.

La distinción clásica entre poder y autoridad («auctoritas» y «potestas») es un doble principio que ayuda a comprender la influencia que una persona puede tener en el comportamiento de otros. Representan modos opuestos. La «potestas» representaba un poder político capaz de imponer las decisiones mediante la coacción y la fuerza; y la «auctoritas», un poder moral, basado en el reconocimiento o prestigio de una persona.

El poder tiene un carácter instrumental para controlar, premiar o castigar a quienes están bajo su potestad. Apela a motivos extrínsecos (retribución, alabanzas, etc.). Juan Antonio Pérez López, quien fue profesor de Teoría de la Organización en España, señalaba que la autoridad, por el contrario, es la capacidad que tiene una persona para apelar eficazmente a motivos trascendentes (servicio, ayuda) de otras personas.

Se basa en la libre aceptación, por parte de quienes obedecen, de las órdenes que formula la persona que posee autoridad. Solo la autoridad hace que alguien sea obedecido en sentido estricto. Para Pérez, «obedecer» significa «querer lo que otra persona quiere y porque esa otra persona lo quiere». «Obedecer» no significa «hacer lo que otra persona quiere porque tiene el poder coactivo para imponer su voluntad».

«La autoridad es aquello que las personas dan a quienes las dirigen, es un signo de reconocimiento de la calidad de líder de un directivo por parte de quienes están bajo su mando», afirmaba.

La ejemplaridad y coherencia es el único medio para alcanzar la autoridad. Genera confianza. Confianza en las intenciones de quien manda. Damos autoridad a quienes procuran un bien no solo para ellos mismos, sino también para nosotros. Damos confianza a quienes consideramos competentes, no incompetentes. A quienes deciden de forma adecuada. El uso recto del poder genera algo que tiene una gran fuerza unificante: la autoridad.

La autoridad engendra liderazgo. A un líder le preocupa el sentido de responsabilidad de su gente para que los mueva el sentido del deber. Enseña a valorar las acciones, pues pueden afectar a otras personas. Insta a actuar por motivos trascendentes. Se les echa en falta cuando se han ido.

El liderazgo mantiene y hace crecer una organización. Se adquiere con esfuerzo. Trasciende el propio egoísmo. No hace de las organizaciones un campo de conflictos entre intereses diversos de personas o grupos. No fuerza acuerdos ni «hace capillas».

Concluye Pérez López: «Una organización humana cuya única fuerza unificante sea el poder, o desaparece como tal organización, o ya no es humana: es inhumana. Cuanto más humanas sean las personas que constituyen la organización, mayor será la fuerza unificante de la autoridad, y menos necesario será el poder».

El poder no lo puede todo. Por más poder que se tenga, los resultados y logros se consiguen a través de la autoridad. A través de la fuerza de la libertad y no de la coacción. ¿«Auctoritas» o «potestas»?

hf@eecr.net

La autora es administradora de negocios.

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