Álvaro Cedeño Molinari.   8 marzo

Vivimos tiempos de cambios vertiginosos, sobre todo, por la tecnología. Los próximos diez años seremos testigos y actores de la convergencia entre dos grandes aceleraciones: la Cuarta Revolución Industrial y la acción climática.

La primera se refiere a la nueva industria de la economía digital en la cual los datos informáticos son la materia prima por excelencia y la inteligencia artificial es el motor que crea valor a partir de ellos.

La segunda se refiere al rumbo que debe seguir nuestra humanidad en los próximos cinco, diez y veinte años para regenerar la biósfera que el planeta ha perdido y dentro de la cual se sostienen todas las formas de vida que habitamos en él. Ese espacio creado entre ambas aceleraciones debe enmarcarse dentro de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, hoja de ruta global para la humanidad y respecto a la cual todos somos países en desarrollo.

Una de las tecnologías de mayor avance es la Internet de las cosas (IoT), sector industrial que cuenta con un volumen de inversión global de unos $300.000 millones y se prevé que para el 2021 supere el millón de millones de dólares. En pocas palabras, la IoT pretende conectar cualquier cosa con cualquier otra a través de Internet. Todos quienes tenemos dispositivos móviles u otros artefactos conectados a la Internet somos participantes de la IoT.

Futurista. Juan Enríquez vino a Costa Rica hace 14 años a explicarnos qué les sucedería a los países que no se dieran cuenta de que el futuro estaba por alcanzarlos. En la economía digital actual, el futuro ya llegó y tenemos tres posibilidades: ser líderes, seguidores o rezagados en este nuevo escenario. Debemos pensar activamente en cómo hacer de los datos informáticos y de la inteligencia artificial herramientas para ser más eficientes en nuestras actividades cotidianas y así generar nuevo valor social y económico.

Aquella convergencia entre las dos grandes aceleraciones nos exige pensar fuera del cuadro. En Japón, existen ciudades inteligentes donde el consumo eléctrico tiene un precio diferente según la demanda, y el usuario cuenta con una aplicación para verificar, en tiempo real, el precio de la electricidad al instante.

Si se integra al concepto de prosumidor –productor y consumidor– nos daremos cuenta de que cada ciudadano, cada hogar, cada organización, se convertiría en un pequeño emprendedor de electricidad. Cuando sea más barato generarla en el techo de la casa que comprarla a una empresa, será muy valioso contar con datos sobre radiación solar, generación fotovoltaica y precio en tiempo real gracias a la IoT, de manera que un mercado virtual y automático permita a otros consumidores comprar los excedentes según una tarifa dinámica (como funciona Uber).

Ese momento llegará en los próximos diez años o quizás cinco. Si lo priorizamos, sería una innovación de Costa Rica para el mundo con ocasión del bicentenario.

En el reciente Foro Económico Mundial celebrado en Davos, Suiza, el presidente, Carlos Alvarado, conversó con el fundador y director ejecutivo del Foro, Klaus Schwab, a quien le manifestó el marcado interés costarricense de ser líderes en la Cuarta Revolución Industrial.

Es necesario comprender que, para concretar ese deseo, debemos aportar ideas, emprendimiento, innovación y gestión eficaz para obtener los frutos de la disrupción tecnológica.

Costa Rica cuenta con la trayectoria, la reputación y el talento humano para ser líder en la economía digital que se avecina. Cuáles incentivos económicos y acompañamiento pueda aportar la política pública, será determinante en ser líderes, seguidores o quedar rezagados en este esfuerzo. Depende enteramente de nosotros.

El autor es abogado.