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¿Confrontar o concertar?

La acción concertada no excluye la existencia de intereses opuestos

El difícil arte de la política es el arte de integrar. Su fin es la justicia, un gran principio moral. Estamos siendo testigos de una crisis de integración política. Una gran crisis de justicia que afecta la vida de millones de personas inocentes.

No corren vientos de paz. ¿Será suficiente el poder político para alcanzarla? Quizás si concertamos nuestros ideales la conseguiremos. Hannah Arendt distingue dos modos diferentes de entender el poder político: como forma de dominación y como acción concertada.

El poder nunca es propiedad de un individuo. Paradójicamente, para el sociólogo ruso Georges Gurvitch el vínculo social debe consistir no en uno de dominación regido por un derecho de subordinación, sino en uno de integración regido por el derecho social. Lo característico del modelo de dominio es que unos pocos se apropian del poder.

El modelo de integración establece relaciones de comunión, no de subordinación. Un modelo que no está sujeto a un mandato unilateral y sus miembros experimentan que participan en una tarea común y tienen algo que aportar a ella.

Por otro lado, actuar concertadamente no es fácil. La acción concertada no excluye la existencia de intereses opuestos. Para Gurvitch, la oposición de intereses es absolutamente imposible de eliminar en la vida social. De lo que se trata es de buscar un equilibrio en el que los intereses opuestos se concilien y se unan sin ser eliminados.

La filósofa Encarnación Fernández Ruiz-Gálvez afirma que actuar concertadamente guarda una estrecha relación con la democracia y con la noción de ciudadanía. Concertar requiere un mayor compromiso político de los ciudadanos para perseguir fines comunes y requiere, asimismo, trabajar por el interés general, no exclusivamente por el particular. Esto logra regenerar la democracia cívica, cuyas bases, afirma esta filósofa, son la cohesión social, la participación y la inclusión.

La visión del poder político como acción concertada, como integración, aparece íntimamente ligada a la experiencia de la democracia ateniense de los siglos V y IV a. C. El valor permanente de la democracia radica en el ejercicio ciudadano de práctica de los deberes y derechos políticos, en la participación en los asuntos públicos y la toma de decisiones.

Democracia y participación cívica deben identificarse. Esa participación va más allá de depositar un voto en una urna. El auténtico poder surge cuando las personas se unen y actúan concertadamente.

La política es una tarea, una empresa común. Una política sin ciudadanía no respondería a la clásica visión griega. “La dominación, la coacción y la privatización del poder político no es hacer política”. ¿Cómo está nuestra participación cívica?

De acuerdo con Fernández, el fundamento del ideal de la ciudadanía participativa no es solo metafísico, sino también ético. El ciudadano participa en la construcción de una sociedad justa.

Aristóteles y Cicerón coincidieron en que la personalidad del individuo crece y madura tanto intelectual como moralmente gracias a la participación cívica. La ciudadanía impone responsabilidades. No solo otorga derechos de protección.

La historia está convocando al arte de la concertación, al arte de la integración. El ajedrez de la política no es un juego de suma cero. En las partidas de alto nivel, hay empates y tablas de común acuerdo. El horizonte deja de ser monocromático y gana la eficaz jugada de la unidad.

hf@eecr.net

La autora es administradora de negocios.

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