Foros

Cómo recuerdo a Guido Sáenz

La primera imagen que viene a mi mente es la de Guido en una lancha, a pesar de que el mar no era lo suyo

Guardo una vívida imagen de Guido en traje de baño, en la lancha de su padre, don Adolfo, mirando con asombro dos peces en la red, cerca de Chomes.

Adolfo Sáenz era propietario de una cabaña cerca del embarcadero, y en algunas ocasiones nos invitó a mi padre y a mí a acompañarlo en la pesca, una de sus grandes pasiones. La otra pasión era la arcilla, plenamente compartida con Guido. La arcilla es cálida y maleable y deja correr la creatividad; además, representaba en aquel momento la base de la empresa familiar.

Aunque el mar no parecía ser lo suyo, hubo excepciones: el mar cobraba dimensiones extraordinarias y, en un conjunto de azules, dotaba de características mágicas un lugar como Santorini y otras islas del mar Egeo.

Conocí a Guido (a secas, porque no me permitía usar el término formal don Guido) a comienzos de los años sesenta, cuando mi padre (don Nico, como lo llamaba él) era administrador de la empresa de los Sáenz, conocida desde siempre como Ladrillera La Uruca.

La oficina era un refugio creativo para él, donde sobresalían los pisos de arcilla, los mosaicos y la madera, rodeados y cubiertos de libros, documentos, mapas, afiches y pinturas de naturaleza variada.

Cuando iba a visitar a mi padre en la ladrillera, Guido me invitaba en ocasiones a conversar con él, y describía con lujo de detalles sus andanzas culturales, siempre en compañía y con el apoyo de su esposa, doña Daisy.

Europa y Nueva York eran temas frecuentes (para escuchar, por ejemplo, la muy esperada interpretación de Vladimir Horowitz), y aunque ambos resultaban extraordinarios en su visión, hubo dos lugares que lo deslumbraron: Egipto y Santorini. Si una visita a Roma o París era descrita durante horas, Egipto y Santorini demandaban el doble o el triple de tiempo.

Estos diálogos abrieron un mundo nuevo para mí, el cual se complementó y expandió en Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica con el curso de Práctica de Teatro que él impartía en ese entonces.

Guido quiso saber si yo tenía habilidad para el teatro, pero luego de un par de ensayos enfrente de la clase, resultó muy evidente que no. Aun así, me invitó a colaborar entre bastidores (como ayudante en la iluminación, acomodo de escenarios, etc.) en los Teatros Nacional y Arlequín. En este último, lo más interesante para mí ocurría después de las presentaciones.

Personajes de los mundos político y cultural se trasladaban a la parte posterior de los escenarios para felicitar y conversar con los actores, y uno de los más asiduos era don Pepe Figueres, quien se enfrascaba con Guido no solo en el análisis de la obra, sino también en las oportunidades culturales para Costa Rica. Estos intercambios deben haber sido una parte de la semilla de la transformación artística del país, impulsada por ambos.

Por una serie de casualidades estudié, viví y trabajé durante muchos años, junto con mi familia, fuera de Costa Rica, y en cada cambio de escenario el consejo y la guía de Guido estuvieron presentes. Nos visitó en algunas oportunidades y nuestros regresos frecuentes al país permitieron mantener un intercambio significativo y ameno.

En 1981, en Honduras, Guido me llamó para una visita rápida a San Antonio de Oriente, pequeño lugar mágico con aire colonial localizado a unos 30 kilómetros de Tegucigalpa y a 1.200 metros de altura.

Se caracteriza por sus pequeñas casas de adobe y bahareque de color blanco, techos de teja y por estar rodeado de espléndidos pinares. La iglesia, en particular, y sus alrededores fueron la inspiración del maestro hondureño primitivista José Antonio Velásquez, quien llegó a San Antonio en 1931 y luego fue alcalde.

Sus pinturas, con el sello de un perro con el rabo levantado, son conocidas mundialmente, y Guido tenía interés en adquirir una. Todavía conservamos el boceto que dibujó, durante la visita al pueblo, y con el que acompañó un artículo que publicó en La Nación el 15 de febrero de 1981.

Lo que Guido no sabía era que el maestro Velásquez todavía vivía en una casona vieja en Tegucigalpa, donde la esposa mantenía un pequeño museo, cerrado al público, con una retrospectiva de toda la obra de Velásquez. Con alguna dificultad para conseguir una cita, logramos visitarlo y Guido mantuvo un amenísimo diálogo con el maestro y adquirió dos cuadros.

En años recientes, las visitas y conversaciones con Guido fueron esporádicas y las últimas, al comienzo de la pandemia. En ellas, tratamos temas mucho más complejos y profundos, por ejemplo, cito sus propias palabras: “La vida es una estafa, ¿por qué debemos morir y desaparecer sencillamente porque hemos alcanzado cierta etapa o cierta edad?”, pregunta esencial en los debates de siempre sobre la inmortalidad.

Guido agradeció los honores y reconocimientos que tuvo en vida, pero no los buscó ni los necesitó, como dijo Patricia Cardona (Opinión, 24/12/2021), él nunca se conformó con lo pequeño. Tampoco precisa los honores ahora; sin embargo, es sorprendente la escasa manifestación, después de su muerte, de las organizaciones e instituciones que transformó y fortaleció para bien de la cultura. Quizá sea un reflejo de la corta memoria colectiva costarricense.

nmateov@gmail.com

El autor es consultor en investigación y desarrollo agrícola.

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.