28 agosto, 2017

Hay gran preocupación en los medios científicos por la conservación de la naturaleza. Así, se han promovido el Día de la Tierra, el Día Mundial del Medio Ambiente, el Día de la Ciencia, entre otros. Aunque pocos aquí en Costa Rica se interesan por los debates entre ciencia y anticiencia, o entre evolución y creación, o entre religión y superstición, o entre protección a nuestra Tierra y su destrucción; personalmente he sentido la necesidad de referirme a estos temas para reactivar aquí la discusión, de por sí importante en la población estudiosa.

¿Cuál es el problema que se observa? Existe una agresión, consciente o no, hacia el conocimiento científico. La agresión no se orienta hacia las aplicaciones prácticas de la ciencia, como la medicina y la tecnología, sino a los desafíos que la ciencia básica abre sobre las opiniones religiosas de la mayoría. Por supuesto que la investigación científica nos abre los ojos sobre la vida en otros mundos, sobre la evolución de los seres vivos, sobre la modificación de las características de los seres vivos en los laboratorios, etc. Esas ideas causan en los creyentes una serie de preguntas y ponen al descubierto la falsedad de muchos de los dogmas religiosos.

Demos un repaso a algunos de los conflictos entre la ciencia y la religión que tienen un impacto importante en la sociedad.

Evolución. Analicemos en primer lugar la evolución. Los cristianos, de todas las iglesias, ven la evolución como una amenaza a su creencia en la infalibilidad de las Escrituras. Algunos aceptan la evolución a medias, pero ninguno de ellos la toma como una verdad comprobada. Al leer algunos textos católicos y evangélicos ellos manifiestan que creen en la evolución, pero no como lo entiende la ciencia. Insisten en que dicha evolución está dirigida por Dios y esto no es evolución, es simplemente diseño inteligente. El punto fundamental de la teoría de la evolución de Charles Darwin es que funciona basada en la variación aleatoria. No hay ningún Dios en la evolución darwiniana.

Cambio climático. Pero entendamos que la evolución no es el único factor de encuentro entre la ciencia y la anticiencia. La segunda pugna es el cambio climático. Sabemos que el nivel de dióxido de carbono en la atmósfera está en un nivel muy alto de lo que se esperaría de forma natural y esto ha sido causado por la quema de combustibles fósiles y la deforestación. Y las ciencias naturales nos dicen que esto dará lugar a un calentamiento global debido al efecto invernadero.

Hoy, hasta el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, niega el calentamiento global. Sin embargo, ¿cómo explicamos el calentamiento que percibimos de nuestra atmósfera, el deshielo del Ártico o la migración de especies en los mares que buscan aguas más frías?

Como estadístico y químico he estado estudiando series de datos de caídas de lluvia, temperaturas mínima y máxima por área, caídas de rayos, etc., y sin duda ha habido un aumento estadístico de tormentas eléctricas, de huracanes, de tornados y otros fenómenos en todo el mundo, durante las últimas décadas. Esto se parece mucho a los pronósticos científicos que se han estado formulando.

También, como es lógico esperar, los gobiernos y empresas de países petroleros y explotadores de carbón y gas están detrás de toda esta cruzada mundial de la negación del calentamiento global. Ellos aprendieron de las técnicas de desinformación desarrolladas por las tabacaleras, las cuales hace una generación ponían en duda la evidencia científica que ligaba el fumar con el cáncer. Por tanto, las utilidades de las empresas son la fuerza que hay detrás de la negación del cambio climático. Pero esa negación no sería tan efectiva si sus autores no fueran capaces de explotar el comportamiento anticientífico inherente a la fe religiosa.

Las creencias y la fe no serían una fuerza negativa en la sociedad si ella tratara solo sobre aspectos inherentes a la religión. Pero, la concepción mágica que se encuentra profundamente enraizada siempre en esas creencias y esa fe ciega, que predomina sobre los hechos, afecta indiscutiblemente todas las áreas de la vida. Esta genera un estado en el cual las concepciones son formuladas con profundo fanatismo y sin la más mínima atención a la evidencia que apoyan esos conceptos.

Como conclusión, solicito a los colegas científicos y a todas las mentes racionales concentrar el trabajo en un objetivo, que tal vez no se alcance en el pleno de una generación, pero que tiene que lograrse si la humanidad quiere sobrevivir: la sustitución de las creencias, los fanatismos y la fe ciega y sus vanidades por algo más sublime, como es el conocimiento, la comprensión y el análisis generado por una realidad observable y medible: la ciencia.