Pablo Barahona Kruger. 3 febrero

Un fantasma autárquico recorre América Latina. Su carruaje, halado por los cuatro caballos del apocalipsis democrático, abrió un trillo por el que no debiésemos transitar. No otra vez, y sobre todo no, aquellos países que nos juramos republicanos, soberanos y, además, demócratas. Auspiciadores de los derechos humanos –para mayores señas–.

Esos cuatro jinetes apocalípticos nos conducen, como región, al vacío de poder más insospechado. Abrevando del populismo efectista desprecian el intelecto y la planificación hasta avasallar las instituciones de control, quebrándole de paso el espinazo a la división de poderes.

En síntesis, no es menos dictador aquel que se planta desde la izquierda que el otro que se lanza desde la derecha

A su paso, levantan una polvareda de intolerancia política, producto de ese malsano maniqueísmo construido sobre el discurso simplista, del “nosotros” contra “ellos”. Batiendo, las ruedas de su carruaje agorero, el barro de esa corrupción rampante que, a su vez, abreva del crimen organizado más descomunal que haya conocido la historia universal.

Populistas. Asistimos a una oleada de autarcas que, cual hojas secas, se dejan llevar por el viento de la opinión pública y gobiernan así, tan populistamente como se puede. Sin brújula ideológica ni proyectos estructurales. Léase: sin valentía. A puro parche y cálculo pírrico le van dejando lo demás a la corriente y nada queda para la historia.

Nada que no se pueda esperar de quienes han arribado al poder más por casualidades coyunturales que por su hoja de vida. Mucho menos por su hoja de ruta.

Trump, Morales, Bolsonaro, López, Maduro, son solo ejemplos ilustrativos de un continente que tropieza con las mismas piedras que otrora la laceraron. Exhibiendo así un masoquismo inusualmente salvaje y un esnobismo histórico sin parangón.

En esta región, los jefes de Estado arriban al poder por ciertos vientos de cola que tornan el miedo en ira al principio y en desespero después. Los Alvarado son ejemplos de manual.

Pocas veces los triunfos electorales se basan en resultados partidarios o en la historia sólida del candidato. Piñera es una excepción, Obama es otra. Vázquez cierra el círculo y detiene la cuenta, confirmando así la regla.

Principios. Lo cierto del caso es que asistimos a un ejercicio de cinismo que prescinde de un principio básico de la política: lo bueno es bueno aunque sea obra de mi enemigo y lo malo es malo aunque se le facture a mi amigo.

En síntesis, no es menos dictador aquel que se planta desde la izquierda que el otro que se lanza desde la derecha. Un déspota es un déspota, independientemente de su agudo nervio social o su desarrollado ímpetu empresarial. Un corrupto es deleznable, siendo progresista o conservador.

Sin embargo, en el horizonte estrecho de estos países aun escasos –republicanamente hablando– es posible y hasta necesario atisbar un doble rasero que hay que empezar a desenmascarar. Por un lado, gobiernos de izquierda, que aunque bien electos, devinieron en regímenes autárquicos y por definición violentos. Pero, por otro, presidentes que renquean con la derecha y que si bien guardan un poco mejor las formas, asustan casi tanto como aquellos. Trump y ahora Bolsonaro a la cabeza del club. Pero Morales en su medida, también, y Hernández, en ciertos pasajes, a no dudarlo.

Lo cierto del caso es que maniobran en uno y otro bando al margen de los derechos humanos más elementales, saltándose la cerca de la división de poderes cada tanto y colocando bajo ataque, consuetudinariamente, la libertad de expresión.

Doble rasero. Pero lo curioso –y ahí hemos de radicar los mayores cuidados a nivel analítico– es que se mida con doble vara, dependiendo de quién se trate. Bolsonaro, por ejemplo, viene coqueteando con la misma programación violenta de Trump en torno a los migrantes. Ni que decir de la “mano dura” contra la delincuencia famélica o la postergación del reto ambiental que subyace a la chata exigencia empresarial.

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Morales se ríe, cual bufón, de las resoluciones judiciales que lo condenan por la inconstitucionalidad de sus actuaciones y le da la espalda al control político que le infligen sus opositores, desde el legislativo, y los sectores sociales más activos. Nada muy distinto –salvo en grado– del ensimismamiento que inauguró Maduro, como mal ejemplo que viene calcando ahora Ortega, también, al proscribir insanamente a la oposición. Evo también habrá compartido su experiencia “reeleccionaria” a esos colegas suyos.

Un patrón autoritario nos recorre y viene dinamitando la democracia desde dentro, en esta, la región más desigual del mundo. Pero también un doble rasero nos visita últimamente y cabe prevenirse. ¿O acaso alguien ve a la OEA plantándose frente a los amagos amurallados de Trump o las invectivas misóginas y homofóbicas de Bolsonaro?

Así que a encender las luces largas, que de las cortas ya hemos tenido bastante en nuestras cancillerías, academias y ciertos medios de comunicación. ¿Cuba, Venezuela y Nicaragua? Sin duda. Pero hay más. Mucho más. Y flaco favor le hacemos a la democracia al taparnos un ojo: sea el derecho o el izquierdo. Eso da igual.

El autor es abogado.